De las enfermedades que aquejaron a Acevedo se puede recordar la fiebre de los pajaritos.

Si bien siempre se consideró de salud robusta, en aquellos tiempos lo aquejaban problemas respiratorios que lo invadían por las noches hasta que las espectoraciones lo desvelaban y lo obligaban a levantarse de la cama para sacar de sí, plumas de diversos colores. Todo comenzaba con una leve incomodidad que sentía en el bajo vientre y subía por la zona abdominal hasta su garganta para convertirse en una tos raquítica. Desahuciado escupía junto con mucosa transparente, montones de formas y colores que nunca había visto.

Confiaba en remedios caseros de miel y pimienta inventados por su tío-abuelo Ernesto Acevedo, que su abuelo transmitía marginalmente durante los paseos mientras hablaba de las investigaciones realizadas por su hermano en el viejo continente.

Muchas herramientas simbólicas con las cuales se enfrentaba a los fenómenos surrealistas de su vida cotidiana eran heredados de estos guiños narrativos, de anotaciones al costado en los recetarios de cocina artesanalmente realizados por su madre, o de la biblioteca.

A veces encontraba que la única información útil con la cual contaba para recobrar la vista después de una ceguera repentina producto del éxtasis de escuchar un sólo de trompeta de Louis Armstrong eran consejos del estilo de: “Para la ceguera repentina, frotarse las Sienes con una cataplasma de hojarasca común y ají molido” que había escuchado en su adolescencia mientras ayudaba con los quehaceres de la casa o, de la boca del familiar que le tocase cuidarlo, mientras se aburría como un clavo esperando que sus padres lleguen de trabajar.

Y no es que a Horacio se le escapase la medicina convencional. Si no que a la medicina convencional era a la que se le escapaba alguna mutación que producía que a los Acevedo les sucedan los más variopintos sucesos.

La fiebre de los pajaritos, como la había nominado su tío, era una de aquellas enfermedades que sabía que podía afectarlo durante su vida. En una de sus incursiones a la biblioteca buscando papel para dibujar, leyó en un cuaderno que le había sucedido por primera vez a Ernesto a los 35 años y, dato que luego corroboraría en sus diarios, era el motivo por el cual se había vuelto investigador freelance.

Como sucedía a veces, en la biblioteca familiar encontraba unos libros en los cuales detallaba con nombre completo, momento y ubicacion a los padecientes de “La fiebre” consignados a puño y letra, en un período que abarcaba desde el 1750 hasta el 1967.

donde la razón de los accesos era una mezcla de cambios internos con una necesidad natural del cuerpo por limpiarse de restos venenosos, virtud de los malos hábitos de su vida.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *