Me exploté la cabeza contra el tubo del teléfono.

Hacía, fácil, una semana que venía planificando el momento de llamar. La secuencia estaba ordenada de forma milimétrica. Iba a esperar que se hiciesen las tres de la tarde, 45 minutos más de lo que podía llegar a tardarse su viejo en arrancar para el trabajo. El rato que su mama aprovechaba para ver la novela de Gustavo Bermúdez.
En el caso de que atienda alguien inesperado, siempre podía cortar o preguntar por ella diciendo que era un compañero de la escuela que necesitaba la tarea de matemáticas para la prueba de la semana próxima.

Boceto

Entre la inacción y lo frenético de ser-ahí, somos constantemente modulados por discursos que buscan hacer carne en nuestra forma de pensar. Como el río de Heráclito, somos testigos de nuestra propia transformación en ellos. Tan susceptibles como un murmullo, al despertar, encontramos que se edifican en el lenguaje que nos da forma. La mera búsqueda de salir del molde crea uno nuevo por fuera, porque somos nosotros quienes nos deslizamos sobre estos. Hacemos uso de la forma de percibir para nominar.

Volvimos a vivir
eramos el paragolpes de un peugeot 504
y chocamos de frente contra la loca melancolía
de los días de esa sinfonía con olorcito a humedad
la verdad de pasar el dedo, la verdad
pero frena el fuego, lo acota, lo limita y lo rima
lo invita a un mashup de base de latón

¿Qué pasó? posta, esto no era esto
era para mirar al cielo y mirarnos
somos inmensos, azules, brillantes
Siempre estamos saltando, volando
tocandonos, tocando, flashandola
porque es gratis, se paga solo
como todo lo que pasa, se paga solo

Nos corremos un poquito, a la izquierda
porque es propio de las cosas moverse
dejarse llevar por el tiempo en tren
abrazar la cadencia de las historias
ese espetáculo que te hace caminar
mil doscientas veinti tres nubes
hasta llegar para aterrizar. Moverse.

Revolcarse entre las cortinas
con los pies con barro de afuera
porque el blanco se hizo para negro
para ensuciarse por los salvajes
hasta que el cuerpo ceda, deje de ser
se desintegre en un sinfin de significados
que la polisemia sea la matriz del nosotros

[Domingo] 26-12-19

-¿Tenés un pucho?- Le mangueó Acevedo a una piba que pasaba por ahí. Debía de tener unos 24 años aproximadamente. Tenía un topcito blanco manga larga con rayas negras; o negro con rayas blancas gruesas, vaya uno a saber. Hacía conjunto con un patalón rojo a cuadrillé medio punkrocker y se había teñido las puntas de rojo. Lo que generaba un rico contraste sobre el sólido negro natural.
La piba se frenó y se le quedó mirando mientras le sacaba el celofán a un atado nuevo que guardaba en el bolsillo.
-¿Philip Morris?- Soltó Horacio en un despliegue soberano de sagacidad deductiva al ver la marca del atado. Se había lucido.
La piba lo miró como si no entendiese si lo decía como apreciación o con sentido despectivo. -Sí- Respondió definida por una mezcla de curiosidad e indiferencia. Golpeó el fondo y se asomó un cigarrillo por el agujero del común. Horacio lo agarró con gracia y se lo llevó a la boca. La piba no se movió, como si supiese que el desconocido no tenía fuego.
Constató los bolsillo y le sonrió. -Y, ¿No tenés fuego?
Ella le respondió la sonrisa con otra. -Tengo, pero… ¿Vos qué me das?
Lo hizo trastabillar. No esperaba tener que retribuir un mangazo. Se sintió incómodo al darse cuenta que no tenía nada que valiese un par de chispas de un encendedor descartable. Iba a deberle esa. Apareció ese peso que está cuando se debe algo. Tangible a la altura de los hombros, como una pequeña mochila, pero volatil como la atención. Un peso en la conciencia, intermitente y molesto.
-¿Qué querés?¿Un abrazo?- Sagáz. Inaudito. Un copado.
-Bueno.
¡¿Qué?! Cortocicuito cerebral. Abrió los brazos seguro de que ese proceso se había salteado un par de filtros de autoconservación. Dió un paso. El cuerpo hacía lo que quería. genial.
Ella se adelantó y cerró los brazos alrededor del sobretodo.

Estaba fresco pero con el abrigo no se sentía. Era un domingo de otoño bien estereotipado con sus hojitas revoloteando y el cielo gris amarillento. Bien “4 de la tarde”. Bien “salgo a caminar un rato porque si no me pego un corchazo”. Me acuerdo que me había quemado esa misma tarde un tema de la banda sonora de Donnie Darko. Mad World. Paradójicamente, si bien mi vida había mejorado bastante desde la publicación de la última nota, ese domingo estaba contemplativo. No tenía muchas ganas de hacer, quería sentarme a creer un rato.
Salí a dar un par de vueltas hasta aburrirme de flasharla con gente en parque Las Heras. Me había olvidado los puchos con el encendedor sobre la mesa porque tuve que revisar que el gato no se había escapado.

[22:23] 23-05-22

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