[Tratado sobre la búsqueda] 22-03-20

Quedate por favor, quedate y escuchame.

No te das cuenta lo loco que es oír las sirenas por la ventana, anunciando la necesidad de visitar la asolación. Esto es tan raro, tan atípico.

Desde la visita al Parque Centenario que me doy cuenta que debo evitar las plazas. Quizá sea por la inmensidad de los espacios o de la situación, que hace que tienda a los replanteos. Pasa que viví cosas que me lastimaron banda y aprovecho la sentada frente al escritorio para abrir el pecho y desparramar un poco lo que hay dentro. Te juro que podría escribir una ópera a las decisiones equivocadas, pero es cuestión de mirar alrededor y darme cuenta de lo necesario que es cierto tipo de arte en este mundo.

Fue cuestión de que nos asustaran un toque para que la gente corriese a abrazarse a los recuerdos, a los discos preferidos, al pequeño montoncito de esperanza que admirar un cuadro puede generar. Todo esto salva vidas. Cuando la parte de afuera se achica, solo queda mirar para adentro.

Una vez miré para adentro. Me encontré con pasillos eternos con grandes arcadas sosteniendo techos abovedados. Parecía una ciudad de esas que Calvino pintaba en sus libros.

Pasó mientras tomaba café. Me deleitaba con tu voz extraviada haciendo eco por los rincones. Ésta me alejaba del dolor punzante de una realidad confinada a 40 metros cuadrados de suerte. Habiendo tanta gente en las calles a la buena de un dios muerto, yo y mi egoísmo buscábamos la forma de entendernos sin que la angustia nos coma en dos bocados. Tendrías que habernos visto: Las ratas caminaban entre nuestros pies y por más que pataleásemos no había forma de evitar el roce con las pieles peludas, los dientes afilados, las colas latigueantes. Por momentos la desesperación nos carcomía pero éramos conscientes de que al final del pasillo había luz. Seguíamos caminando, apretando los dientes, ciegos de fervor. No era momento de tirarse a dormir, de entregarse al cansancio. Había que continuar.

Luego, los momentos se sucedieron como balazos. Corrimos bajo la nieve esperando que haya algo y que no sea todo un invento del sinsentido. Al final nos encontramos bajo los haces de la luna aterciopelada. Lo que creímos imposible fue una brisa refrescante. El desapego. Hallamos en la perseverancia una fogata que nos confinó a un lugar de privilegio, porque era propio del enajenamiento del cuerpo la fortaleza del espíritu.

Quizá no me entiendas, a veces me pongo críptico cuando hablo de lo que se halla al final de la búsqueda. Lo hago para no espoilearte. Pero te prometo que todo esto tiene una lógica última que vale la pena. Todo esto es el sentido.

Ahora sí, andá y date la oportunidad de seguir buscando.

[Interludio Narrativo] 05-03-20

Escuchalo y fijate que pasa al final…

Descansó la mirada al costado, en un punto imaginario entre el tarro de café y el aullante vacío cósimco.

¿Había algo entre escrito y escrito? ¿O era una cuestión de cerrar todo y acurrucarse entre los abrigos del ropero hasta la próxima sesión?

Presionó una pelotita antiestrés que le había regalado un ex-suegro psiquiatra, esperando que surta efecto. Era una descarga poco fiable, casi un efecto placebo chino. Con un movimiento pesado la tiró contra la pared que estaba detrás del escritorio. La pelota rebotó hacia un costado cuando dió con el canto del reloj. Sonrió. Bajó la mirada y empezó a enrollarse un cigarrillo.

¿Y si hubiese algo invisible escuchando mis pensamientos? Un espectador paralelo, por ejemplo.

Reflexionó durante unos segundos con el cigarro a medio armar y continuó con la tarea.

Agarro papel, le pongo un filtro por la izquierda (Siempre lo armaba al revés porque sentía que después era más facil presionar el tabaco a la hora de enrrollarlo que, su contraparte, el filtro), con la mano derecha agarro un montoncito de tabaco y lo tiro encima del papel, apreto el filtro con papel y todo, empujo hacia adelante, le paso la lengua y listo. Dispuesto a la incineración por placer.

¿Cuantas veces lo había hecho ya? ¿Unas 10000? No, más. Fumaba desde muy pequeño… aunque, sin embargo, había empezado a rolar a los 20. ¿Unas 25000?

Desistió de la cuenta cuando sintió la culpa del otro lado de la puerta de entrada y buscó al gato. Los egipcios, hace 3000 años, creían que los gatos eran los guardianes de los muertos en su viaje al inframundo. El inframundo de la culpa. Se regocijó por la asociación. Serviría para otro escrito.

El ropero estaba a unos pasos de la cama, justo detrás de él. Entre las rendijas no había espacio, estaba repleto de ropa suya. Definitivamente esto de estar solo lo estaba ayudando. No entendía cómo pero, aún existiendo esa gente que conocía y con la que a veces se abrazaba después de coger, la percepción de estar solo permanecía. Revisó entre los bolsillos de la conciencia por un poco de autocompasión pero lamentablemente no quedaba. Se iba a tener que conformar con la adusta aceptación berreta de la situación, ese sentimiento desabrido que aparece cuando nos encontramos con la normalidad. Eso era la calma, eso le generaba la calma. Se sintió un idiota esquivando la calma solo porque llevaba peluca y sobretodo.

¿Cuanto pasaría de nuevo hasta el próximo momento manija?

Eran los momentos donde más productivo se sentía. No por una cuestión de que lo sea, si no por mera percepción. Sin embargo, a partir de esos momentos podía poner en rumbo la nave. Ordenaba la casa, editaba los artículos del part-time, iba de compras, arreglaba un caño y saludaba al vecino sin pensar siquiera en ninguna boludez fenomenológica. 100% efectividad, o le devolvemos su impotencia.

Estaba solo y se permitía pensar en la cantidad de cosas con ángulos rectos que ocupaban el campo de visión. Un pensamiento que lo convertía en el alma de la fiesta personal. Amaba los ángulos rectos. Le parecía increíble que la naturaleza haya encontrado una configuración tan sutil como para que exista un hombre que desarrolle herramientas para definir ángulos rectos. Y voilá. La geometría. Los ángulos perfectamente rectos.

Esto de divagar… Qué placer poder pensar en todo y, a la vez, en nada. Dejarse llevar por una linea de pensamientos sospechosamente inconexos. Pero ahí estaba, la linealidad subyacente a la realidad que le da sentido a las narrativas. Absolutamente todo está conectado por pequeñas líneas de intencionalidad. ¡Qué gran descubrimiento! Ahora podría descansar jugando un solitario. ¡Ja! La onironía de nuevo. Al menos tenía un punto. Un punto imaginario entre el tarro de café y el aullante vacío cósmico.