[Tratados sobre los miedos] 25-02-20

Partamos de la base que ya no soy yo. Necesito esos movimientos que me llevan a perder de a poco las pieles que me envuelven y me hacen persona. Necesito, y repito, de cada centímetro cuadrado de la piel para tatuarme a fondo tus ojos alegres para no perder el sentido de la realidad. Me convierto en un enfermo por esto. Soy un loco. No entiendo de razones lógicas por lo que dura este delirio eterno.

Me avergüenza aceptar que no puedo ser sin probarme, sin pararme al lado tuyo y sentirme más chico o más grande. Temo olvidarte como ya olvidé tantas cosas, a riesgo de convertirme en una mota de polvo que se va por la ventana. Incorpóreo, transparente, invisible. Siento que todo se torna frustrante, porque el mismo ejercicio de recordarte va borrando en cada momento otro detalle imprescindible para que el plan llegue a buen puerto.

No hay plan Horacio.
Nunca hay plan.
Hay suposiciones.
Hay aproximaciones.
Hay intentos de capturar la realidad en una hoja.
Una necesidad con fuerza vital y definitiva.
Viva por ella misma, que pelea por ser un mapa.
Con dimes y diretes de terceros seguros de sí
Que gritan a los cuatro vientos que conocen la verdad.

Pero me manejo con la impunidad de las estrellas, cubriéndome los rastros. indetectable, no-perenne y cuántico. Práctico como el lenguaje, me convierto en un universo de significados. Temo morir sin haber vivido lo suficiente como si la muerte fuese un borde. Al mismo tiempo soy tan débil, con mis manos de carne y hueso; y mis pies apoyados en el suelo.

Quiero pertenecerte como las cosas a los espacios. Quiero ser tuyo y que me abraces llena de ternura. Quiero perder la sensación que me agarra en el pecho cada vez que miro para adentro y encuentro infinitos pasillos de hospital. No hay una base ahí adentro, no hay un punto de partida, todo es profundo y oscuro como esos espacios abovedados de las historias de terror.

Todo angustia.
Ahí adentro todo es angustia.
Es como el infierno personal
Es un cuartito de pepa que pega mal
Es no tener para pagar el alquiler
Un cuadro con humedad y hongos colgado de la pared.
Nadie me extraña ahí adentro y hay olor a velorio.
A nauseabundas flores podridas y despedidas.
intermitentes ganas de vomitar reflujo y veneno.

Me meto a bañar vestido cuando me pasan estas cosas. Para que la ropa me pese sobre el cuerpo, así siento los límites y los contornos. Para convencerme de que todo va a estar bien y que la camisa no es de fuerza. El hambre pasa por otro lado, ni me mira. Así los hombros se me desarman y pierdo los brazos. Me meto a bañar vestido y espero que me lleve el vapor agobiante. Hasta enciendo un cigarrillo para ser un poco más digno de la escena. Soy yo, vestido y empapado.

Corro por la habitación golpeando las paredes, cabeceando las puertas del ropero, mordiendo los cables de la televisión, pateando la mesa de luz y salto de panza sobre ella. Corro extasiado del mismo veneno que me alimentó de chico.

No hay ningún tipo de amparo. Esos días no existen los techos ni las paredes. Todo es dos centímetros de desierto y el resto no importa. Partamos de la base que nunca hubo un punto de origen y esto soy yo, envuelto en el vagabundeo de los lunes.

No quiero ser triste
No quiero ser un gris
que vive de ansiolíticos, terapia y estimulantes.
no quiero llegar al viernes con el agujero
quiero la libertad de respirar sin que me pese
de sonreír con motivos y honestidad
quiero la sonrisa de vuelta y más grande
no quiero tener que sobrevivir.
No quiero ser triste.

[Coger después de los 30] 14-2-20

Is this coger?

Apagó mal el cigarrillo. De la punta seguía saliendo humo y se molestó para los adentros, pero no fue capaz de mover la mano y terminar el trabajo que había dejado por la mitad. Ella, del otro lado, seguía esperando que termine de responder el mensaje, él se interrogaba:

¿Esto es coger después de los 30?
un contrato de alquiler
el humo del porro, contarnos las cosas
medir la longitud de las cicatrices
ocultarse en los puntos ciegos
propios de una fiebre explícita

Coger después de los 30
llegar a la nueva etapa, con frescura,
de la libertad de los cuerpos
de las sábanas gastadas y transpiradas
querer ser pequeños de nuevo
¿Qué era lo que generaba locura?

No somos ni la tercera guerra mundial
ni el peligro de un virus suelto por ahí
ni la noticia de moda que le llena la boca
de placer a una vieja chismosa de barrio
nos juntamos porque no sabemos cómo es
aunque nos avasallamos por lo que debe ser

¿Es el éxito, coger después de los 30?
Un discurso político
Nuestro cuerpo malformado
La luxación de las ideas
El sufrimiento del otro
La culpa almidonada, el encuentro.

[Pasar página] 9-2-20

Cruzó los dedos detrás de su cabeza en señal de descanso. La verdad es que la ciudad vomitaba humo en cada bostezo. Acevedo le daba vueltas a una frase que se le había ocurrido y no paraba de intentar resignificarla. Lo volvía loco no poder enganchar el flow para dar vuelta a la página. El escritor precisaba de la descarga para que las cosas discurriesen y poder irse a dormir sin el sabor amargo en la boca. Volvía a ser una tarea de los burocráticos titanes que convivían en su interior.

La pantalla se apagó por el salvapantallas y estaba ahí ahogado por la oscuridad del reflejo. Ya era ducho en esos simbolismos que le presentaba la vida, no los dejaba pasar sin tomarlos con ambas manos y revisarlos por todos lados.

Rápido escapó agarrando el mouse y cerró la ventana donde se había dispuesto a comprar las entradas para el recital algunas horas antes, mientras todavía sentía ganas de salir a la calle a ver cómo se manejaba la vida. Abrió el bloc de notas y escribió:

Me acerco por detrás, estás frente al espejo
con la mano, suavemente, te rodeo la cintura.
Estás en pleno ritual, ese que disfrutás
porque crees que es digno, que realza
todo lo que la naturaleza te dio y despreciás.
Me dijiste que te veías fea y yo temblé
el universo se marchita girando a tu alrededor
y vos te sentís fea. Como si tuviese sentido
como si importase la opinión del mundo
que no para de observarte insomne.
Te acariciás los pómulos con la esponja
y las virutas de oro se pegan como sopapas
a esos cachetes que nunca me canso de morder
Para vos siempre hace falta más brillo
yo no me canso de admirar que sea posible.
El rimmel te dibuja unas lineas negras
y me quedo mudo. No hay más nada.
Los ojos resaltan y bailan de un lado a otro.
Presiono sobre tus caderas y veo el perfume
la violencia con la que entra y revoluciona,
es un invento diseñado a medida del recreo
ingeniería a la orden de los no-lugares
Ya es tarde, estás apurada y el vodka no ayuda
las paredes chorrean miedo que se escurre,
inunda la habitación, la casa, mi vida.
Te disipás, entre las pastillas, por el pasillo.
cómodamente adormecida cruzás la puerta
incendiando lo que se interpone en el camino.
El departamento y yo te esperamos despiertos.

“Volvé cuando tengas las cosas más claras”

La frase fue lo único que atinó a escribir mientras el sol entraba de lleno por la ventana. Sintió el amanecer como la condecoración de una batalla luchada y puso a calentar el agua para el mate. No podría escribir sobre aquello porque le cruzaba el pecho como tiras de cuero. Por más que forcejease, estaba atado a la sensación de no saber expresar lo que quería.

[De la vez que conocí a la muerte] 5-2-20

Tengo que contarte algo, no dormí noches enteras por esto. Tranqui, no es nada que te incluya, es que si no lo cuento me voy a volver loco.

Fue en el año 2012, mientras estaba terminando la carrera. Una noche que salí después de hora de la facultad me encontré a la muerte en la parada de colectivo. Una sensación de mierda se me anidó en el pecho en el mismísimo momento que me dijo quién era.

En esa época estaba preparando materias para los finales y aprovechaba para quedarme en la facultad hasta que cierre, así podía leer sin distracciones. Generalmente salía de la facu con un grupo de amigos con los que cursaba, pero como esta vez era el único que tenía que rendir, me tocaba volver solo. Bueno, no importa, la cuestión es que ese día salí tarde y me había fumado el ultimo camello antes de entrar a cursar. No tenía a nadie para manguear un pucho y el kiosco cerraba justo a la hora de salida del común de los estudiantes. Así que me resigné a tomar el bondi con toda la manija del universo.

Llegué a la parada del 41 y ya no había nadie. Ésta estaba en una esquina de mierda entre una avenida mega-transitada y una calle oscura hiper-turbia. Esperé tranquilo unos minutos sin señales del bondi hasta que me perdí pensando en que no estaba seguro de llegar con lo que tenía que estudiar. Me había anotado en 4 materias de confiado, esperando que el tiempo y la guita me banquen. Claramente no pasó como esperaba. El tiempo había clavado un v8 turbo-propulsado y pasó a los gomazos, mientras la guita volaba porque Clara no agarraba ningún evento copado que le permitiese aportar al gasto común. Recuerdo que rápidamente revisé cómo se había ido al carajo la relación que tenía con mi novia. Qué momento existencial shady. Pasamos de ser la promesa, a ser el desastre del año. Me empecé a apagar fuerte hasta que sentí olor a quemado. Había una persona atrás mío fumando un pucho. Lo miré de arriba a abajo medio extrañado. En ningún momento lo escuché llegar.

En seguida, me preguntó si quería un cigarro. Se ve que me colgué mirándolo o sabía leer la mente. Una de dos. Muy boludo le acepté uno. Me decanté por creer en la primera posibilidad. Al toque que le agradecí hice un comentario friendly haciendo referencia a que el bondi no venía más ya que le vi cara conocida. Al paso, le pregunté si estudiaba en la facu. Por ahí era un compañero que la había quedado tarde. Muy de chabón de pueblo eso de hablar con desconocido en las paradas de los bondis. Me dijo que no era así, que si bien había terminado la carrera, había sido hacía varios años.

Me confió que andaba por el barrio porque había tenido que visitar a un abuelo con el que acostumbraba jugar al ajedrez en la plaza Boedo. No podía ni puedo decir cuantos años tenía a la vista, era raro. Cada bocanada de humo parecía rejuvenecerlo.

Ahí nomás nos pusimos a charlar de boludeces y agarré confianza enseguida. Hablar con el tipo era como ser huésped de un anfitrión de conversaciones. Un anfitrión ávido por mostrarme infinitas habitaciones interesantes. Al rato frenamos y miré el reloj, habían pasado 15 minutos en lo que parecieron 2 horas. Recuerdo que me puse contento porque siempre se agradecen las buenas charlas y ya me había resignado a hacer el recorrido del 41 en silencio. Le conté que quería estudiar cómo percibía la gente la realidad, que era periodista pero no me hallaba mucho en lo que hacía, prefería escribir. Contento expresó que disfrutaba su trabajo. Era visitador pero aprovechaba su tiempo libre para conocer las historias de las personas que se cruzaba cuando viajaba. Entonces, cuando podía, sacaba charla random a gente random y a cambio les ofrecía un regalo. Yo me reí. Me pareció simpático el pasatiempo y no pude evitar la curiosidad de saber si el regalo era perder los órganos.

En eso, se asomó el 41 por el horizonte de la esquina y lo paré ansioso. Estaba contento por tener compañero de viaje aunque tenía miedo que elija sentarse solo por no ser lo suficientemente random. Instantaneamente ideé un plan. Lo dejé pasar primero para, una vez sentado, sentarme al lado (A veces creo que soy Napoleón Bonaparte). Si, ya se, re burdo, pero así es la vida. En seguida caí en que había hecho una boludez, porque ni bien pagué me estaba esperando para que me siente del lado la ventana en los asientos cómodos. Esos donde los altos podemos estirar las piernas. No me había dado cuenta lo alto que era, envuelto en las luces del colectivo, parecía de 1.90. Viajamos charlando entretenidos hasta que Llegamos a ese nivel de conexión donde cada uno mostraba emoción al estar de acuerdo en todos los punto de vista de la conversación.

Cuando estaba a unas cuadras de bajarme le pedí el número. Parecía todo enamorado. Me dijo que, lamentablemente, no tenía, pero a cambio me ofreció un detalle que se me había pasado hasta el momento. Me dijo que era La Muerte. Sí, ni lento ni perezoso, con el bondi 3/4 vacío, me lo tiró en la cara. La gente no pareció escucharlo. Se sintió un susurro firme, como si me hubiese hablado al oído pero a un metro y medio de distancia. No pude no creerle. Más allá de lo absurdo de la situación, sentía una lógica irrefutable en la confesión. Era La Muerte. En respuesta asentí sin dudar. Sonrió. La sonrisa más perfecta que había visto en mi vida. Al toque se me hizo un agujero en el pecho. Te juro que todavía siento, como la primera vez, ese sello indeleble.

Me preguntó si quería saber cuándo iba a morir. No me reí, No daba. Sentí la pregunta como una recompensa por haber sido un buen compañero de viaje y se me llenaron los ojos de lágrimas. Ahí si dudé, pero con la certeza que iba a decir que sí. Es una sensación re pelotuda. Es como que te gane la ansiedad por saber cómo termina la película mientras estás comprando los pochoclos en la entrada del cine. Como si fuese una especie de placer morboso que sabes que te va a cagar la existencia porque, a pesar de todo, sabía quién era el que me lo preguntaba y de lo que era capaz.

A ver, uno no se pierde la posibilidad de conocer los secretos de la parca. Por ahí unos años después quise volver sobre los recuerdos para dudar de la veracidad de su identidad, pero no había lugar a duda.

Le dije que sí.

La fecha que me dijo fue el 4 de febrero del 2020 y viví cada segundo posterior a conciencia de que tarde o temprano llegaría el día.

Por eso te cuento esto: El tiempo pasó y hoy es 5.

Realmente no entiendo nada, aún así creo que estos años fueron el hermoso regalo.