[Arriesgar un peón] 21-5-19

Horacio extendió su brazo, tomó con decisión el peón ubicado en B6, a dos casillas del final del tablero y lo movió hacia adelante. En ese movimiento el tiempo se detuvo.

De fondo podía escuchar el sonido de la batalla que la caballería, que le cubría los pasos, mantenía con la infantería enemiga. Desde los costados cortaban el aire las flechas de la defensa del coto de caza. En pocos minutos más estaría frente a las puertas del refugio y podría acabar con esta guerra inútil. Todo por volver a las barracas, a descansar y beber con los sobrevivientes. Confiado avanzó armado de una fierro con filo. Se encontró al alcance de fuego de la custodia del Rey.

No hay nada peor
a que te bajen la persiana,
así, con el corazón en una mano
y un manojo de ilusiones en la otra

Me vuelvo loco, posta, por estar ahí
colgado de la mesita de luz,
idiota, de sueños de ser
al que le decís que sí

No hay dudas.
Me siento más fuerte
me juro, con el pecho resiliente
me dejaste atajando mil mariposas

Qué fuerte que pegó, de canto al suelo,
el subi-baja obsceno de verte bailar
quizá no sea nada todo esto
quizá soy un poco yo

Ausente y febril,
te escribo desde la coyuntura
de las sonrisas negativas. Desde el pasto,
Tirado de coté, masticando brasas. Vomitando orgullo.

Mano a mano, el peón y el rey, con la confianza del caballo a sus espaldas, definiendo la partida en un jaque contra las cuerdas. No vaya a ser cosa que la pierda por bueno.

[Tratado sobre el movimiento] 20-5-19

Durante el descanso, cuando los recuerdos se convierten en pantanos y los rayos de sol sueñan con acariciar la noche, Horacio se sienta frente a la mesa ratona y rememora:

Parecen haber pasado 2000 años de aquella vez que, sentados en la puerta de la heladería con mi abuelo, mirábamos con asombro a un niño más chico jugar en un auto mecánico. De esos juegos que con una ficha se mueven para entretener el helado. El motivo era un conejo manejando un coche con un gran sombrero que prometía un minuto de música, luces y vaivén para el niño que hubiese conseguido a fuerza de mañas un viaje en él.

El movimiento hipnótico junto a la música estridente y la sonrisa del mocoso, retuvieron la atención del viejo hasta que éste me miró con una sonrisa de victoria. La misma sonrisa que hacía cuando se daba cuenta que tenía una historia capaz de entretenerme durante la media hora o cuarenta y pico minutos de paseo. Detrás de la sonrisa había un acuerdo tácito de permitirme/se fantasear que viajaba a otros universos concretos. A veces se limitaba a imaginar que escuchábamos un programa de radio teatro de los 70′ que contaba las peripecias de una familia argentina. a veces simplemente era ser parte de la invención de la rueda o el descubrimiento del fuego, otras tantas me relataba de qué trataba un libro de ciencia ficción, Adams, Bradbury o Asimov. Podría creer que esperaba ansioso esos momentos, pero me mentiría, ya que mi yo de 9 años disfrutaba del don de la sorpresa y del imprevisto, de la inocencia a prueba de balas de pre púber, incapáz de prever ese tipo de salidas.

Mi abuelo volvió la atención al show mecánico y me preguntó si me me gustaba el auto. Le respondí instintivamente que sí aunque no era que realmente me gustase. Era una mezcla entre la forma que el espectáculo histriónico de la máquina captaba mi atención, sumado a la envidia de querer ocupar el lugar de ese niño.

A continuación me dijo que cuando él era pequeño había tenido la posibilidad de conocer antiguos automatones. Me explicó que un automatón era una maquina capaz de robar el movimiento de los seres vivos y expresarlo a través de oscuros y apretados mecanismos que se erguían en su interior. En su niñez había tenido la posibilidad de ver a una paloma de lata volar atada a un hilo y a un niño de madera caminar y sonreír durante unos segundos hasta perecer unos metros más allá del lugar donde su creador le había dado cuerda.

Me contó del método que tenían las personas de antes para maravillarse con las simples imitaciones de complejos movimientos. Cómo las alas sostenían el cuerpo de la paloma en el aire y cómo las articulaciones de la personita chirriaban y largaban transparentes nubes de vapor al moverse rasguñando naturalidad.

***

Horacio se acomoda y piensa, sobre la mesa ratona espera su computadora. Toma un sorbo de café y medita sobre los datos viajando desde una punta del planeta a un recóndito data center en Europa del Este, para luego dispararse en una red de cables de fibra óptica. La Tierra roba y expresa. Es un automatón. Los algoritmos empaquetan información, como en la infancia de su abuelo lo supieron hacer los agentes del correo con las cartas prestas a ser distribuidas. Vírgenes Ceros y Unos, proyectados a hiper velocidad, definiendo el resultado de una búsqueda con asertiva seguridad, eligiendo sin saber, cuál será la publicidad sobre la banner del tope de la página porno. Electricidad alimentando algoritmos que separan líneas argumentales de un libro sintético, tirando de los tendones de un niño suspendido, girando sobre una elipse imaginaria como la paloma, expresando vida.

Reflexiona frente a la mesa ratona. Respira hondo y continua planificando la logística de la imprenta para el próximo día. Se siente un poco oxidado.