[Descanso] 28-01-20

Escuchalo y después me contás…

Hubo como una especie de momento en parque Las Heras donde todo se quedó quieto. En la noche abierta, entre el quilombo de las avenidas, sentí la primera gota que anunciaba una tormenta. Me apuntó a la frente y le dio un seco que me hizo temblar hasta los huesos. El cráneo se hundió bajo el peso mojado del proyectil. La piel hirviendo por la presión de la gota se contrajo como un diamante.

Fue en ese mismo momento que el mundo dejó de moverse. La gravedad se quedó dormida y no hubo más Río de la Plata, ni vientos, ni transeúntes. La calle dejó de ser calle para convertirse un montón de cemento junto y las relojerías perdieron todo el sentido de ser. El universo se estremeció expectante del choque con la molécula, como aquella primera vez que vio fuego, o como cuando escuchó hablar de que el hombre había llegado a la luna.

Juro que ese momento le aportó más al concepto “espiritualidad”, qué cualquier religión del mundo. La realidad fue un sistema inerte en el cual se proyectó un único nivel de orden. Las cosas se alinearon con las ideas porque se dieron cuenta que no había otra manera de percibirse, que la diferencia era estética, pero también era estúpida. El movimiento sufrió la dictadura del ahora. La música dejó de narrar historias y fue pragmática. Todo fue una nota permanente como un mazazo, como una lluvia.

¡Qué pedazo de instante! Tan enorme fue ese segundo que prendió fuego la constitución y me sumergió en la clandestinidad de ser un desterrado de la realidad. Fui paisaje y vibré en lentas convulsiones con las copas de los árboles. En ese momento las viudas hicieron huelga y dejaron de llorar. No existió el hambre, ni el sueño. Los sombreros dejaron de volarse rebeldes y se estaquearon en el pasto junto con el deseo y todas sus pequeñas muertes.

Solo hubo tranquilidad. Impune tranquilidad por todos los rincones. Haciendo cuartel y cola de espera, a borbotones, como una piñata de diazepinas. Las cosas se llenaron de ganas, supuraron potencialidad de cada poro, de cada grieta. Todo tendió hacia algo: el caminar de la gente, el precio del bitcoin, mis ganas de girar la cabeza. El contexto se precipitó como si el paso del tiempo fuese el siguiente paso lógico pero no. Como si sólo fuese cuestión de mandar la orden y disfrutar del devenir, pero no. Estático, todo fue plenitud.

Hoy escribo porque hacía mucho que no me pasaba esto. Dos vidas si mal no recuerdo. Siempre se agradece revivir este tipo de experiencias. Al fin y al cabo, es esencial tener un momento para parar el tiempo, tirarse en el pasto, mirar el cielo y olvidarse de todo lo demás.

[Ella no existe] 19-01-20

Escucharlo es menos thrashy… o no.

Es inevitable pensarte al menos una o dos veces por día. Y eso que trato de armarme un cucurucho defensivo alrededor que me haga pensar en otras cosas. Pero siempre encontrás la manera, aunque sea de refilón, para aparecerte un cachito. Se me escapa. Quiero estar disfrutando las cosas y es inevitable sentirte, como la hiedra, tomando centímetro a centímetro el lóbulo temporal. Ahí, bien de mañana, haciéndote la carpita, presente.

¡Fuck! Combustible emocional.

Llega un punto donde pierdo un poco los límites y me tiro de cabeza a creerte cómo son las cosas. Abro todas las puertas y ventanas para que pase la corriente y se lleve todo. Las paredes tiemblan durante un ratito y yo aferradísimo al ancla. Como el último pedacito de tierra firme. Y vos, toda inocente pasas por ahí, surfeando una ola, sin que siquiera te roce la duda. ¡Mentira! pero caigo porque me cabe.

“Qué loable mantener la compostura en este mundo descompuesto” Se me escapa sin razón de ser. Loca, libre, por el campo indómito. Rabioso quedo a la expectativa, pero se te nota en los ojos. Te sobraron sonrisas cuando se cayó el ascensor. Ruedo como un tarro vacío, con ese sonido hueco. Te moriste por abrazarme, me lo dijeron tus pelitos cuando me rozabas. Ninja mental sigilosa. Nunca quise sacar a patadas lo que había. Me salió así, en la soledad berreta de los domingos de ramos de flores.

Sos insaciable de a dos veces por día. Lenta pero intermitente. Al punto que me gustaría no ser una antenita para estas cosas. Típicas de la incomodidad y del enamoramiento repentino. Mi razón perdida, berrinche de locurita. Casi como un meme, qué lindo verte pasar a saludarme, motivo de olvido de todo lo demás.

[Punto de fuga y perspectiva] 12-01-20

También podés escucharlo…

Quizá presa del insomnio o del trastocamiento de las horas de sueño, esa noche había dado tantas vueltas y pensado tantas cosas que el palacio de la memoria se había convertido en un desierto. Había erosionado las capas de la tierra hasta beber la última gota de petróleo. Con las primeras luces del día abrió el bloc de notas:

¿Te das cuenta? La culpa de que esté acá la tienen el punto de fuga y la perspectiva. Me obnubilo demasiado rápido, la pienso mucho y no termino haciendo nada. No me pasa hace varios años.

Pensé que iba a ser más gracioso de contar, pero últimamente me encuentro dudando si debo apretar las teclas, como si de pronto alguien irrumpiera en la casa cuando no estoy para ponerles pequeñas cargas explosivas debajo. De pronto vivo en un mundo de porcelana y tengo que cuidarme de correr por los pasillos, midiendo los codos para no romper un edificio o un florero. De vez en cuando, mientras camino, juego a evitar cerrar los ojos para que tu sonrisa no me sorprenda en la oscuridad, porque instantáneamente busco copiarla sonriendo con los labios gruesos. No es lo mismo claramente. Aunque el más simple esbozo me aliviana la espalda, también me infla y me eleva. Hace que comience a flotar incómodamente por la habitación. Si no fuera por la tormenta de mariposas, me quedaría suspendido ahí, bobo. Pero aprovecho del temblor en las tripas para juntar cinética y me impulso lejos de las ventanas, ya que nadie quiere a los escritores flotando por la ciudad.

Por ahí todo esto te sorprende, pasa que nunca te conté de la fiesta que se arma cuando guiñás un ojo. Una vez tuve que sobornar a un policía que habían mandado los vecinos molestos por no poder dormir. Ni de la cuenta regresiva en las pantallas gigantes de 9 de Julio y Corrientes cuando nos estamos por ver. Tuve que reconocer a la ansiedad como nuevo protocolo predeterminado de activación emocional para esos momentos. Hay movimiento de fuerzas especiales cuando la distancia es inferior a dos metros. De otra manera, mi cuerpo moriría de pánico. Hay situaciones donde es cosa de rozarte el brazo sin querer, para sentir que voy a explotar en un evento de pirogénesis espontánea. El pecho comenzaría a hervir en una crisis homeostática. De cero a cien en un toque. Con la ansiedad transpiro y tiemblo. Dos estados básicos pero funcionales.

Trato de esquivar los manuales de diagnóstico para evitar encontrar mi cara impresa en todas las páginas. Me entretengo con otras cosas más mundanas, como trabajar o respirar mientras miro un cuadro. Si me enganchás en uno de esos momentos no me traigas a la realidad, dejame. Seguro estoy buscando adentro cómo tapar el agujero. Me juego la salud mental a que en alguna parte tiene que haber un triángulo que pase por el círculo de este juego de encastre estructural. Dejame que en algún lado tiene que haber un espejo que me refleje entero.

El resto del día, la fantasía me sirve para la manija y el rush de adrenalina. Leit motiv infranqueable para este tipo de situaciones. Es la falopa que me hace correr sobre el teclado haciendo doble flip flat entre las explosiones. Una flotación controlada en el spa de la intensidad. Hago el checkin por un par de eternidades y me tiro en la colchoneta a que me atiendan las ganas. Introyecto un cigarro atrás de otro, un café atrás de otro, una historia atrás de otra. Soy pura inercia hasta que me revuelca el sueño.

A veces me cuestiono la búsqueda de un resultado positivo. ¿Qué pasa cuando el caballero hace efecto de su acto heroico? Nunca te cuentan esa parte en los cuentos. Nadie te cuenta de cómo vivieron felices por siempre, cómo aguantaron las ausencias producto de otras gestas, el mantenimiento de proyectos en común cuando pensaron de manera diferente, ni cómo llevaron adelante el sorteo de quién lava la ropa. Qué casualidad que el retiro de los escribas medievales sucedía justo el término de la aventura.

Por lo general el mate calma y me baja a la realidad. Para evitar el hastío me pongo a dialogar solo. Me doy ánimos y me abrazo. A veces me digo y desdigo en responsabilidades. Explico detalladamente el sentido de la vida para que estemos los dos de acuerdo en los pasos a seguir. Expongo sobre la mesa los mil y un puntos de vista. Por eso es que te decía: La culpa la tiene la perspectiva y el punto de fuga. Son esos momentos donde el caos nos ordena juntos que me doy cuenta que todo vale madre y que puedo enamorarme. Yo, perspectiva, distancia, Vos, punto de fuga.

[Tratado sobre la normalidad] 07-01-20

“Buscá algo que te conmueva y rompete la cabeza contra eso”

Lo dijo a las 3:42 de la mañana. Me quedé pensando un rato mientras me disponía a hacer el café. El ruido de la puerta anunció que se iba pero que la soledad se quedaba. Nada. Extrañamente nada.

No te das una idea lo difícil que es escribir sobre la normalidad. Sobre lo que pasa todo los días. A ver, no es que no pasen cosas. Es la repetición lo que termina logrando que el aleteo de la mariposa pierda la elocuencia. No hay verdadero silencio en el silencio. Si cerrás los ojos y haces el esfuerzo por desvanecer la naturalización del ambiente, vas a notar que en el silencio se esconde lo acallado. Eternas heladeras haciendo funcionar sus motores, relojes constantemente cediendo al paso del tiempo, pájaros y coches, gente gritando. Es realmente difícil evocar aquello que se olvida bajo la presión de lo cotidiano. Es un estímulo subversivo. No es la pulsión de lo inconsciente, no posee su poética guardaespaldas, ni su estética rígida. No precisa del ejercicio de posicionarse en un rol determinado. La universalidad arranca lo distintivo de la normalidad. Su magia es del orden de lo sutil. Es el detalle en una pintura de sala de espera. No tiene la presencia del amor imposible, ni el heroísmo de lo pretencioso, ni la sabiduría de lo expreso. La normalidad es terciopelo y lija. La normalidad es automática. Es un maniquí de talles especiales. Pasea en transporte público y duerme de estación a estación. Tiene hambre de adoquines y duerme en guías telefónicas. Es la publicidad genérica en las últimas páginas del diario. No goza ni del más mínimo cuestionamiento. Siempre marginal. La normalidad es la almohada vespertina.

La normalidad no conmueve. Es transparente pero avejentada por las motas de piel muerta en el aire. Es reposo, pero no descanso. Es despertarse entre tema y tema para constatar que seguimos estando. Es el beat perverso del momento.

La normalidad no te rompe la cabeza. Es el cuerpo que la sostiene.