[Dos niños idénticos revolviendo los cajones del atelier de la madre de uno encuentran una foto vieja]
—¡Mirá Nacho, mi abuela era de la época que la gente no era perfecta!
las alimañas del bioterio
[Dos niños idénticos revolviendo los cajones del atelier de la madre de uno encuentran una foto vieja]
—¡Mirá Nacho, mi abuela era de la época que la gente no era perfecta!

Tenía el labial corrido, como si de pronto hubiese decidido rascarse de la cara las curvas características del nihilismo de martes por la madrugada. Escupía volutas de burbujas de birra como un hada madrina fracasada en su intento de desconvertir a la última princesa Disney.
Por la vereda de enfrente pasaron tres flacos que, en un intento fallido de deconstrucción miraron de reojo, los tres al unísono, los vericuetos que las pisadas dejaban sobre el barro. En un universo paralelo se preguntaron qué le pasaba a la loca, que no tenía miedo de andar sola por la calle a esa hora. En ese no. En ese universo estaban preocupadísimos porque uno había recibido la noticia de que el padre había fallecido mientras hacía la sobremesa comiendo queso y dulce, escuchando chistes de Cacho Garay. San Luis quedaba lejos y su madre no había aguantado hasta la mañana siguiente para avisarle. Iba a tener que viajar de madrugada.
—0—
Ni se arriesgó. Caminaba intentando no caer. Concentrándose en no enterrar el taco más de la cuenta. Apoyando la mayor parte de la suela del zapato. Y lloraba de realidad.
Por momentos perdía la noción de la cantidad de pasos que había caminado desde que había salido de su casa y la recuperaba cuando el dolor de las pantorrillas le imprimía muecas en la cara. Mil novecientos veintitres. Moldes 1923. A unos 20 metros de la esquina de Sucre.
Se volvía a encontrar en esa esquina donde al salir del trabajo encendía un pucho y pensaba qué iba a hacer de comer esa noche. Comenzaba a llover de nuevo. Qué irónico. El agua de lluvia era dulce, pero tenía las lágrimas agrias de rimmel. Tuvo un flash de su adolescencia rebelde donde no usaba maquillaje y portaba una orgullosa media cresta. Ahora trabajaba en un banco y sintió la punzada histérica que deja el cambio al hacerse presente, de que la convivencia de ciertos detalles era imposible a esta altura. Y tropezó.
Rodó ebria sobre las rodillas y se dio cuenta lo al pedo que era llevar los zapatos en los pies. Se descalzó y sintió el barro como plastilina escurrirsele entre los dedos y sonrió. Tenía un recuerdo de la misma sensación en su infancia temprana, donde no había tanto problema, salvo un baño y un poco de gritos de mamá. Se miró el pantalón cuadrillé, todo embarrado y puteó para afuera. Nadie respondió.
No se dio cuenta de lo sola que estaba físicamente hasta ese instante. Escuchó un colectivo a un par de cuadras que aceleraba y de nuevo silencio. Caminó unos metros más mientras pensaba en la imagen lamentable que nadie estaba apreciando, salvo ella. Se detuvo, sonrió nuevamente un poquito y siguió caminando.
Se paró frente a la puerta de su antiguo trabajo y agarrando la baldosa correcta (ni tan grande como para que pese, ni tan chica como para que no pueda romper un vidrio) descargó toda la bronca contra la vidriera. Dio un grito eufórico al ver los vidrios astillarse y caer, y corrió lo más rápido que pudo hasta la parada. Una vez allí, agitada, vio un 151 furioso viajando la avenida y se sintió tranquila. En media hora, pensó, estaría haciendo mulliditos en su cama.
Imagen cortesía de @abad.me

Lo ultimo que supe es que te habías subido a un avión. Te habías ido lejos.
Cómo no recordar a Girondo, repiqueteándome las sienes con su espantapájaros. “No les perdono, bajo ningún concepto, que no sepan volar”. Y te fuiste, como un papelito que se me escapó del bolsillo. Porque era la naturaleza del papelito volar al ritmo del viento. Alejarse. Ser parte del todo, inamovible, omnisciente, imprevisible.
Noches como esta me siento en la computadora con los dedos agarrotados de extrañeza. Un poco porque te llevaste mis capacidades de conectar con el mundo en una valija un poco pesada; un poco porque yo me quedé con tu manera de mirarme como si no existiese otra forma.
Y ahora estas lejos, aprendiendo a estar sola, como yo. Tumbándote en la cama de algún hotel inglés. Enamorándote de los ríos y las veredas. Acompañada de la capacidad de esa gente de esconder en tugurios de barrios perdidos, mil experiencias maravillosas. Con el acento en la frente, y tu media sonrisa en la boca.
Yo acá, en Buenos Aires. Saciando mi sed con saliva de bocacalles. Que no me hace ni más, ni menos miserable que antes. Recordando las caminatas por el barrio de Boedo, mientras mirábamos vidrieras y por dentro deseaba tener el dinero para comprarte todo; para que vos por dentro no quieras nada.
Hay días en los que prefiero hacerme a la fantasía como un capitán se hace a la mar. Nadar en pensamientos constantes de victorias alcanzadas a base de carisma. Fantasías donde las cosas fueron diferentes, donde volviste, donde nos conocimos de otra manera, donde yo tenía la palabra que encajaba justa en el silencio del rictus de tu expresión y le explotaba una sonrisa.
La distancia es otra quimera. Próximamente comenzaré a escribir un bestiario.

La Belle Epoque reposa en vitrinas oxidadas de whiskerias
No queda más que caminar por calles atestadas de gente
Hay impulsos en el cuerpo que nos llevan a abrazar, a cambiar
a tomar manos, a acostumbrarnos a pequeños tentempiés de mirada.
Sentir tu piel fría y suave. dormida entre gajos de vida y moretones.
El noble movimiento de tus pelos al ser rozados por un dedo
y el amargo del café que dibuja sonrisas atentas,
y el sonido de tu voz que desarma y sangra
Y de vez en cuando me animé a mirar sobre mi hombro
en esa búsqueda tan existencial, tan tuya, el silencio escondido
“Que se jodan los miedos” pensé, este perro encontró una cucha de labios
para zafar el invierno y las noches de lluvia
Me heriste a preguntas que no se animaban a ser respondidas
la batería al rojo me incitaba a esperar, es que uno odia esperar
cuando no es sangre lo que corre por debajo de la piel
si no tinta a ríos y deseos de gritar a lágrima tendida
Por ahí somos la marca de traspaso, o un chiste
o uno de esos anuncios que uno ve en la televisión
o una noticia en el diario, o los besos en los dedos
o la junta que habita entre la necesidad y el desprecio
Acariciándonos me creí que nos veíamos, ahí, sentados
entre mil personas que giraban y bailaban entre los libros
algún que otro sueño de gato, el sudor de la frente y la humedad
que te inunda los pulmones hasta no dejarte respirar
El beso eterno que aleja despedidas que no tardan en arruinar el momento
que irrumpen y se animan a depositar dudas, que dan lugar a planteos
que niegan encuentros, que cuando estás es todo tan claro, pero sin embargo
te vas y todo vuelve a ser raro. Y entonces…
“Dale, Nico… vos sabés que es difícil”
Siempre es difícil, hasta complicado.
Pero nadie dijo que iba a ser fácil o correcto,
nadie dijo nada.
Otra vez se apropiaba del momento,
de nosotros, el silencio.