[El diletante] 21-10-19

¿Por dónde empezar?
¿Por la ignorancia del viajero?
¿O por la somnolencia del exilio?

Siendo las 7 de la mañana, Horacio se funde en los dominios del sueño explorando con deseos de encontrar reparo del fuego que cubre la habitación. No es que el fuego no lo asuste, está arrinconado y es cuestión de tiempo. Otra noche de pretenciosas ganas de escribir una historia que de vuelta la página. No hay resultados. En su fuero interno invoca con fuerza la presencia de un plano ideal con superhombres y matafuegos. Le explotan las alas de volar por la ventana como si fuese víctima de polvo de hadas, o así lo imagina. Y duerme.

Se me es imposible no caminar doblado.
Cómo no estar contrariado por tus colmillos
si sonreís con la ligereza del aguanieve.
Etérea, liviana, brillante de luz de luna.

Con qué ligereza nos soportó la baldosa,
cómplice, de los inciertos pasos de baile,
de ese movimiento interno de las mariposas
que se dejaron llevar por golosinas.

Qué bueno haber sido tu micro clima
como una pequeña habitación a cielo abierto
haberme tentado en la búsqueda
de lúdicas cosquillas fugitivas

¡Quedémonos acá! seamos parte del paisaje:
un banco de plaza, los pajaritos, la música.
Porque las palomas nos tiran mensajes
nos dicen de volver, de uno, de la forma de estar.

¡Quedémonos acá! Somos reyes secretos.
Decretemos que el tiempo no pase.
Aunque esta lucha no tenga revancha
Tenemos al viento y al rocío de testigo

El clima se quiebra por la música del despertador. El dentífrico es el producto más artificial que puede encontrar uno al despertarse. Es fresco y metálico. Violento. Horacio se halla en el oscuro reflejo del espejo. El fuego es ceniza y humo que tizna hasta el último centímetro cuadrado de la habitación. En el centro se despide la cama, alejándose ortiba. Cae la noche de nuevo.

[MMI] 16-8-19

Estuve ahí, en los incendios de Nerón. Vi descascararse paredes y rostros, las cosechas arder en un amarillo propio del aliento de Marte y las instituciones implosionar como cuando un niño se pisa los cordones.

Fui presa de la desocupación y la desesperación del momento. No hay nada peor que un inútil desocupado y desesperado. No hay nada peor que un inútil con poder porque las cagadas son grandes.

La gente corriendo a los tiros entre el humo y el sonido de la bestia cobarde rompiendo el cielo. Las lágrimas, por partida doble, porque injusticia y represión; y porque hombre y desamparo.

Yo fui testigo, a mí no me lo contaron, parado en plaza de mayo. Con los ojos inocentes ví cómo el agua de los camiones hidrantes mojaba, muy de a poco, las zuelas agujereadas de las Topper mientras la gente, estruendorosa, pedía que se vayan todos.

[Tratado sobre el olvido] 13-11-19

La vida es eso que transcurre entre olvidos. El otro día olvidé toda mi colección de recuerdos de electrónica elemental. Quise hacer unos arreglos en el techo de casa y me ligué una patada de los cables mal encintados. Al toque caí y volví a mí. Me sentí vivo y potente. Inútil con las manos, pero con espacio para seguir llenando de esto. Fue borrar y sentir cómo se agolpaban en la puerta del lóbulo temporal un sinfín de miércoles de lluvia, de cigarros mal prendidos, de poemas de Borges. Obnubilado y tripero me apoyé en la escalera. Seleccioné con meticulosidad con qué me iba a quedar y descansé hasta que se asentaron esas cosas sin importancia.


Es como si mi cabeza se volviese un terreno fértil para la represión. Muy tarde, cuando me entro a bañar explotado de cansancio, con el vapor aflojando las mucosas de los pulmones, aprovecho para recorrer la memoteca. Son esos momentos que me dedico a mi mismo. Onanismo melanco en su máxima expresión. Es la paja de los hombres malditos de mala memoria. Reviso las estanterías con ojo escrutador. Hago mierda los polvorientos archiveros al mismo tiempo que el agua se escurre entre mis vericuetos. Me ahogo y uso el mínimo esfuerzo de concentración para cerrar la boca y degusto cada vino que probé. Corro como un animal salvaje por los pasillos llevándome puesto cajas de información mal etiquetada. Aprovecho el impulso y juego con la sección de “ver más tarde”; a veces me cruzo con información vital como la forma correcta de hacer unos huevos poché.


No me desanima entender que el sistema no tiene cierre. Que todo es absolutamente prescindible si el momento no lo merece. Que probablemente sea un hoarder de giladas. ¿Para qué quiero saber la nosogenia de la psicosis lacaniana si estoy tratando de arreglar el auto al costado de la ruta? Cuánto me gustaría tener la posibilidad de tener el manual de instrucciones. Todo acomodadito, con el diagrama de giro de un árbol de levas y la forma correcta de medir la luz de válvulas para hacer arrancar esta cosa. Pero no, recuerdo que lo olvidé en pos de “cebar mates con una mano” y la forma correcta de “jugar con una moneda como los magos de hollywood”.


No es que me arrepienta, es que la vida te exige una destreza que no dispongo. Estoy escribiendo esto para no olvidar la reunión de mañana. De dar el salto de fe. De sonreír en los momentos incómodos. Hago malabares de saberes para que todo entre. Para que no sea necesario exprimir los espacios y los llamados.


Cada vez que olvido es un llamado a la realidad. Un parate entre hacer las cosas de forma automática. Cuando olvido estoy más vivo que nunca.
La vida es eso que transcurre entre olvido y olvido, pero es en el olvido donde recuerdo que tengo que vivir.

[Café de especialidad] 6-10-19

Nos volvimos a encontrar. Justo salía de uno de esos cafés de moda que me recomendabas cuando pintaba charla sobre el tema. Te vi sentada, ladeando el flequillo con esa sutileza en las manos tan característica de Dios en el sexto día. Movías la punta del pie con nerviosismo mientras colgaba por encima de la otra pierna. En el pecho me pesaban todos los días que Sísifo miró la piedra rodar cuesta abajo. Fue mágico. Fue mirar para abajo esperando que no haya suelo para que la flor se proyecte nuevamente en la pared y me coma. Sentí que un ejercito de colibríes me arrancaba el peso de los hombros.


Vos estabas en otra, no estabas para verme. Apuntabas garabatos en un cuadernito que me pareció de piel muerta, pero seguro que se trataba de papel reciclado manchado con café. Llevabas con vos la pícara sombra de siempre, esa con carita de boss de los últimos niveles pero amansada y adulta. Apuntabas y disparabas letras de arreglos, de proyectos, de bocha de veces que te vi arrancándote los pelos de los nervios y te abrazaba para que te calmes. Sentada frente al celular, no frenabas ni un segundo de escribir en el cuadernito horas y actividades.
No estabas para verme porque ese día, me enteraría después, estabas dando el golpe de gracia a tu lucha. Ese mismo día fue el que te enteraste que estabas en marcha y tenías un viaje. Ese día que probaste de qué estaban hechas las alas.
Si te hubieses visto la sonrisa. Era de otro mundo. Como si fuese transferida por un conducto mediumnímico de fibra óptica de alta velocidad y sin pérdida de paquetes. La sonrisa venía de otra dimensión donde existían las sonrisas grandes con luces de neón en las comisuras. Si te hubiera visto Da Vinci se volvía losco pelotudo, mal.
Te juro que compartí tu alegría en tantos niveles. Aunque no supiese el motivo, lo sabía. O sea, supe que tu Selfless kind of being interior estaba dando incanzables paladas de carbón para empujar la máquina. Sentí el calor de los motores acariciarme la cara.
En infinitas revisiones posteriores de los hechos improvisaría un contacto, un: “Disculpá… ¡Tanto tiempo! Te vi tan libre que quería que me expliques un toque cómo es que se hace”. Pero siempre, parado en el borde del cordón, entiendo cómo funciona el espacio-tiempo con su histérica narrativa de la bifurcación y desisto. Porque en el universo de lo posible me pongo bobo. La angustia existencial me paraliza cuando me dice al oído: “Horacio, quedate quietito, no vaya a ser cosa que cambies el devenir de las cosas para peor”. Sigo caminando igual que esa vez.
Nos volvimos a encontrar y yo seguí caminando. Te vi dos segundos de refilón y me cerraron banda de cosas. Me alcanzó, por ejemplo, para darme cuenta lo bueno que está que hayamos aprovechado el tiempo para encontrarnos a nosotros mismos.