Me exploté la cabeza contra el tubo del teléfono.

Hacía, fácil, una semana que venía planificando el momento de llamar. La secuencia estaba ordenada de forma milimétrica. Iba a esperar que se hiciesen las tres de la tarde, 45 minutos más de lo que podía llegar a tardarse su viejo en arrancar para el trabajo. El rato que su mama aprovechaba para ver la novela de Gustavo Bermúdez.
En el caso de que atienda alguien inesperado, siempre podía cortar o preguntar por ella diciendo que era un compañero de la escuela que necesitaba la tarea de matemáticas para la prueba de la semana próxima.

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