[La cachetada] 3-2-16

Detuvo la mano a unos centímetros del cachete. Iba con un pulso justo y medido a reventar lo que quedaba de humanidad. Fuerte, como esos faquires que aguantan el vidrio roto clavado en los pies.

Fue lamentable. La mano se detuvo pero el gesto siguió. El rostro optó por cambiar el punto de perspectiva cardinal y con un leve retraso lo siguieron los colgajos de piel  aferrada a la mandíbula, con dientes y músculos en un tsunami rojo.

Un tren, como los que quería ver el Flaco. Sólido, contundente, opaco. dio paso al aire con florituras secas, para que salga despedido.

Se caía en el remolino de la vergüenza. Todo lo que se construía se caía. Noches enfermas de planificación, un edificio demoliéndose. ¡Qué lástima!

[Tratado sobre algunas pasiones] 19-8-13

De grandes infiernos personales,
y pequeñas apariciones en la mesita de luz.
Viajes en grises trenes
y temblorosos accesos a Existencia.

Refriego la cabeza contra la almohada,
dejando solapadas unas pujantes ganas de verte.
Pañuelos que sobresalen del bosque,
entre los extraviados retazos de semillas.

Entre el eterno retorno
Eu faço o que posso
Mi manchi così tanto il mio caro
How i wish you were here

Estoy hecho un patchwork un tanto animal
que decide salir a buscar canciones.
Medio torpe, medio avivado,
me tropiezo y me dejo levantar.

Entre algunas luces y algunas faltas,
una castración no del todo resuelta.
Vuelven a haber vías, hospitales,
azulejos blancos y frazadas

Hay voces, algunos ruidos, sueños,
olor a provoleta cocinada a la hornalla.
Disección de las partes, compañía y
una cuerda en Sol que me ata las muñecas.

El torno gira y las virutas saltan.
El Objeto comienza a tomar forma.
sacar filo.
brillar al rojo.

Una historia de una ida y una vuelta.
Una canción de los beatles.
el hijo de satanás de bukowski.
I can’t get no satisfaction.

[Lo indecible] 5-8-14

Miro el espejo, miro detrás del espejo, no hay espejo. Hay un sujeto desconocido que mira detrás del reflejo buscando encontrar detalles, barba de un par de días, labios prominentemente carnosos, lóbulos puntiagudos en las orejas, pelo rebelde y mal cortado, mirada que penetra hasta el alma; dejando a medio camino retazos de pensamientos.

“No quiero que me lloren” es pensado el sujeto, mientras unas impresiones le abrazan el rostro. El cuerpo es tan débil y frágil. Siente cómo se asemeja a hojaldre la piel. El velo cae dejando la carne expuesta, los huesos del codo se asoman entre los vestigios de lo que lo hace humano: El lenguaje.

Sobre sus pies anidan veranos completos de tardes repletas de canciones que completas alojan mujeres repletas hasta el hartazgo. Una falange rebota contra el empeine y rodando se esconde debajo del mueble del espejo. Los tatuajes que cubren las piernas se decoloran y pierden el sentido de pertenencia y propiedad, se desdibujan tomando formas y significados desconocidos. Capa tras capa, una más transparente que la otra, va limpiándose de sí. El sujeto cambia. El sujeto muere y reencarna.

En el piso yace la vacancia y el relleno. Se siente poesía, se borra a sí mismo. Le duele errar y obligarse a deambular en su cuerpo. En las palmas de sus manos el vacío pesa y forma llagas que escurren un bordó que (le recuerdan a su madre indicándole cómo pintar, como formar colores “el trazo: suave, despacio, redondo”, “el Bordó: rojo cadmio y violeta, rojo carmín y siena”) a medida que caen manchan los desechos de ser.

Las cejas se inclinan y se sueltan, mostrando cómo el líquido de los globos oculares se escapa y va a parar a la cavidad bucal. Por ósmosis el líquido entra, el hombre por definición es sordo y el humo sale por la nariz para mezclarse con el vaho del ambiente. En el pecho los pectorales se elevan como mariposas y un corazón sale expulsado para reventarse contra la pared del ambiente, liberando vapor a presión para todos lados. De la nuca hasta la frente se abre, mecánicamente como una compuerta, la tapa del cofre mientras hace un chirrido que aleja las ratas morbosas que se acercaron pisando las maderas del contrapiso, esquivando sustancia, para ver el espectáculo.

En lugar de cerebro hay una máquina, procesando cada suceso del sistema, dando explicaciones a todo A*B*X=Z. Las uñas que quedan se levantan como queriendo revelarse al sometimiento de ser olvidadas herramientas de caza e impulsan a clavarse en el papel tapiz, en un movimiento de animal desesperado. Las rodillas se luxan y la torre cae incendiada mientras que los pulmones se convierten en fuentes que emanan agua de alguna sed de alguna vez. El incendio se apaga y solo quedan cenizas, entre ellas Resuena un grito y todo se vuelve a reconstruir, a reescribir, a rematerializar. Vuelvo a abrir los ojos, ahí sigue el espejo y acá sigo yo.

[Les Descendants] 25-7-16

Suena y resuena. La mano toca el teclado con miedo. Esa costumbre de dejar de escribir en papel para que el plástico pase a ser intermediario de un intermediario un poco mas sílice que la sangre mate que nos aporta una birome.

Se detiene a deleitarse en cada punto, en cada coma, en cada punto y coma; el escritor precisa de los fantasmas, de la música y de otras vicisitudes cotidianas para poder escribir.
 
Creaciones momentáneas son imposibles de hacerse ver detrás de la mano del que escribe, de a poco va seleccionando (o es seleccionado acaso por) ideas que energizan sus dedos con fines inciertos. lamentablemente, el tiempo es anfitrión de distracciones, los amigos hablan por encima y el escritor gira la cabeza buscando la idea que se le escapa intentando cazarla con redes mnemotécnicas o seducirla con asociaciones presas de una libertad que nunca llega. Hay un amor dando vueltas por ahí, que empuja por la borda toda posibilidad de escribir por lo que siente, una curva sinuosa que lo imposibilita a seguir una colectora recta: teorías, autores, ciencias, artes, magias, historias, certezas, dogmas, axiomas.
 
 
“Los dioses mueren todos los días” escuche en la calle mientras pensaba con qué iba a rellenar esta hoja en blanco. Me dejó pensando. Hace unos años se me presentó una frase con una fuerza ruin, “El primer Dios herido es el padre”… nada de boludeces lacanianas de padre, un-padre, el-padre… mi pensamiento quiso ser más pragmático. Cuando tenía 4 años en el jardín de infantes mi papá le ganaba a todos los papás de todos mi compañeritos, porque más viejo, porque más guapo, porque más alto (mentira, mi viejo siempre fue petiso), porque era más grande, porque era más fuerte…. mi viejo era para entonces ese dios titánico que me regalaba y me criticaba, imposible de discutir, con fuerza en la voz y decisión en el voto… después vinieron secuencias turbias, mi compañero de banco heideggeriano “El Tiempo” consiguió tocarlo con la punta de la lanza, ¡y estirando el brazo, encima! pero lo tocó… ¿que Dios es digno de llamarse Dios una vez que sufre una herida?
 
 
El tiempo deshizo lo que había creado, dejando ruinas de colosos fertilizando tierras donde crecerían nuevos pueblos, de los jardines a las salas y de las salas a las aulas y de las aulas a las universidades y de las universidades a los hospitales o a las fábricas. Uno aprendió a medirse a golpes de vida con ese dios ahora vuelto humano, descreyendo de religiones, compitiendo, cooperando. Viéndolo luchar por volver a ocupar el papel (ahora más ficticio que nunca) de ser supremo. Uno se encontró, de pronto, buscando baches experienciales, para con retazos de la piel de un cuerpo nunca del todo suficiente, intentar taparlos. De los frutos de la tierra abonada por el musgo crepitante nacido de la frontera de ese dios y todo lo demás uno se alimenta, digiere y expulsa; busca inventar herramientas para poder existir en este mundo, tallar la piedra hasta hacerse un lugar. Un lugar como cualquier otro, un lugar como Dios para otros hijos.

[Boceto I] 16-5-16

Acevedo estaba ahí sentado, nervioso. Las manos le transpiraban como siempre. Hacía de cuenta que miraba su alrededor, pero en verdad estaba ocupado mirando para adentro. No era una cuestión de miedo, era más una cuestión de no perderse.

El café se enfriaba en la taza. Había ido a probar un bar que le recomendaron unos amigos. La taza era más grande de lo normal y venía acompañada de una única factura que, si bien grande, no se relacionaba con el precio de la carta.

Tenía esa costumbre de salir de la casa cuando el olor a cigarrillo y la sed de otra cosa lo ahogaban hasta no dejarlo respirar. Estaba acompañado pero estaba solo, de esas cuestiones curiosas de la vida. Escuchaba a su interlocutor y asentía con la mirada perdida en el fondo de la taza; porque las cosas buenas duran poco y las malas rachas terminan por acostarse a dormir en camas de clavos.

Puso un poco de música mental, de esas transportan, Un mensaje en el celular que no se iba a molestar en abrir y un viaje hacia adentro, de nuevo. Ir a la casa de su abuela, visitarla como sabe que ella desea para hacerla feliz y un poco para hacerse feliz a sí mismo. Un laburo en la computadora que se mantiene esquivo en el pasar de las semanas, boca de hastío. El lunes se labura, como siempre. -Su interlocutor sigue hablando. Le hace notar que no es lo mismo de antes.

-¿Te acordás cuando salíamos a caminar en el invierno? No lo hicimos más. -Escucha en lo profundo del afuera que le preguntan y se auto responden. -¿Te pasa algo?

El encuentro, la respuesta y el miedo. Es que en la fortaleza de la soledad Superman es una persona normal.

Levanta la mirada y sonríe.- No pasa nada, pensaba. -responde.

El interlocutor aprovecha para seguir hablando. Hacer los papeles de AFIP, piensa en el significado de la libertad y se mofa del existencialismo. El Gladiador y la escena del libre albedrío. Kierkergaard y la angustia. Sartre. La facultad. Hermosas Mujeres. El pasado. Encerrarse en Moldes y Olazabal. Escaparse a la madrugada a comprar café a un par de cuadras. Vivir de $200 pesos semanales. Infinitas juntadas de estudio y charlas para conocer y para conocerse. Amigos, hermanos.

Las paredes tienen un empapelado de contrastes blancos y negros. Hay contrastes que separan cosas pero uno siempre se trata de mantener en el medio. ¿El gris? la tibieza. Más amigos y una guerra de trincheras. Levantar la cabeza puede ser lo último que hagas.

Vuelve a levantar la cabeza y la interrumpe. -¿Sabías que te amo? pero ¿Sabías que también me amo?

No lo entendió, o sí y se hizo la boluda.

El olor a café y la cuenta. Esa puta costumbre de cobrarnos al final.

—¡Al menos podría cobrarlo antes! No sea hijo de puta, así me voy con una sonrisa.