[Ejercicio de prospectiva] 26-05-20

Se le accidentó la noche, cuando se levantó del piso ya era de día. Iba montada en el brioso corcel de los escritores que escriben barroco para reírse de si mismos hasta que de pronto se le atravesó el tiempo y ¡Pum! El desastre.

Él, mientras tanto, iba corriendo la silla y la maquina de escribir para que no lo toque la luz. Sentía en las tripas cómo el ácido gástrico tomaba mate amargo. Sonreía con el paso de los versos cortos, presionando maníaco las teclas, y se frustraba cada vez que tachaba o sobrescribía.

En los días anteriores, le había estado dando la vuelta a esto. Cuando tenía un ratito de la vida pensaba cómo mutaba el lenguaje, cómo se estructuraba, cómo se hacía mierda constantemente y se sobrescribía. Hacía semanas, por ahí meses, que no encontraba un momento para sobrescribirse.

Más tarde, al sentarse, se prometió desconectar el teléfono y sentir que tenía mil años por delante.

El tiempo pasó rápido y se la llevó puesta. La vi huir hacia el oeste prometiendo que no iba a tardar, que volvería, que traería alfajores. La noche desaparecía una vez más.

Iluminarás, mi sumisa noche
y tocarás tambores de guerra
serás el pecho que me alimente
y las raíces que quiebren la tierra

Dormiré sobre tu vientre
cuando ardan furiosas las cortinas
bailarás el ritmo de mi ritmo
la danza del último de los días

Veremos a marte tropezar del cielo
las calles sometidas al sopor rojo
de la soledad y la convivencia
de los 3 meses que hace que no cojo

Será tan fuerte el encuentro
que cesarán su trabajo los escribas
mirarán al cielo obnubilados
la declaración de la victoria decisiva

Te subiré sobre mis hombros
y me calentarás la espalda seca
serás mi frazada y mi alfombra
mi entramado, mi aguja y mi rueca

Finalmente descansaremos, mi noche eterna,
ovillados entre las sábanas.
Nos reiremos del choque del tiempo
sin siquiera pensar en la mañana

Sobre las últimas horas de la tarde lo despertó por el este. Le había dado la vuelta a la tierra. Sin resquemores de cansancio. Inmensa y abarcativa como un arnés de cuero negro, la noche atravesaba el umbral de la puerta mientras él la recibía salvaje, con los brazos en alto.

[Agenda pública] 2-1-20

Mueve la boca. Habla. Mueve la boca incontable cantidad de veces. Emite su opinión, aconseja y advierte. Por momentos ríe y sonríe. La boca canta cuando está sola. Amasa y muerde, decapita oraciones. Dibuja círculos de asombro, lineas y puntos. La boca húmeda, de miel, se ensucia. La boca hiere. Interpreta otras bocas. La boca conceptual, política, de todos. Tensa la boca en un rictus neutro. La boca transmite. Vibra y baila. Endiosa la boca, cela y se relame. La boca fuma, come y escupe. Toma un sorbo, degusta, siente el amargor momentáneo. Desliza el labio inferior. El contacto con otra piel olivácea. La boca cubre el rocío. Gime la boca. La boca chupa. Se tensa y descansa. Toma aire, suspira por la boca. Es boca. Se desboca. Cae de boca. La boca se calla. Es calle. La boca convoca. Resalta sobre el fondo negro, la roja boca. Estira sus comisuras, sus grietas y voluptuosidades. La boca se abre y se cierra. Es limítrofe del afuera con lo que pasa adentro. La boca muralla. La boca une. La boca puente. La boca se asusta, se retuerce, loca. Vuela y delira, imbécil. Babea la boca repugnante. Hedionda libera olores muertos porque liviana, la boca, apunta al cielo. Tranquila la boca, plácidamente yace.

[La otra carta] 25-04-20

Atte.: Primavera.

Ya pasaron varios años desde la ultima vez que me calmaron unas palabras. Me acuerdo todavía aquella tarde que me pasaste una grabación de un tema del flaco. Me permitiste escribir, me destrabaste la rosca.

Solías agarrarme las manos con tanto cariño, con un nivel de entendimiento frágil. Mientras cebabas mates me enseñabas a mirar, era una doble labor. Descubrí que tu forma de agarrarlo con las dos manos me daba un calorcito extra. Yo me quejaba de que lo lavabas rápido. Tenías las formas de la calma en la tormenta y nunca te conocí el enojo, pero lo sentí pataleando adolescencia. Con una mano bajabas una frase que me revolcó por un par de camas. Eras iniciativa y desconcierto, como una ninja, pero te vestías vintage de verdad, de la que buscabas. Me acuerdo de tu nariz de cachorro de león y tus ojos nublados que brillaban escampe. Fue verte y ponerme un precio en la frente. Simbólica me tiraste los dos caramelos que me faltaban. Era cuestión de tirar de la cabeza de la estaca que te atajaba para que vueles furiosa, envuelta de viento con gotitas de lluvia y te pierdas en el fondo sin fondo. Me enseñaste a mirar, yo te seguía con la mirada hasta no saber cómo volver, para despertarme a la mañana con vos y el ruido de la ducha.

Ayer temblaba y volví a escuchar el audio. Cada vez tiemblo menos. Creo que los medicamentos están ayudando y ya no tienen esas interacciones que me dejan sin palabras. Si bien me cuesta asomar la cabeza del cucurucho, cada vez miro la Olivetti con más cariño y la merodeo lujurioso. Temo que las cosas vuelvan a estar bien.

Gracias por los mates.

Horacio Acevedo.

[Tratado sobre la búsqueda] 22-03-20

Quedate por favor, quedate y escuchame.

No te das cuenta lo loco que es oír las sirenas por la ventana, anunciando la necesidad de visitar la asolación. Esto es tan raro, tan atípico.

Desde la visita al Parque Centenario que me doy cuenta que debo evitar las plazas. Quizá sea por la inmensidad de los espacios o de la situación, que hace que tienda a los replanteos. Pasa que viví cosas que me lastimaron banda y aprovecho la sentada frente al escritorio para abrir el pecho y desparramar un poco lo que hay dentro. Te juro que podría escribir una ópera a las decisiones equivocadas, pero es cuestión de mirar alrededor y darme cuenta de lo necesario que es cierto tipo de arte en este mundo.

Fue cuestión de que nos asustaran un toque para que la gente corriese a abrazarse a los recuerdos, a los discos preferidos, al pequeño montoncito de esperanza que admirar un cuadro puede generar. Todo esto salva vidas. Cuando la parte de afuera se achica, solo queda mirar para adentro.

Una vez miré para adentro. Me encontré con pasillos eternos con grandes arcadas sosteniendo techos abovedados. Parecía una ciudad de esas que Calvino pintaba en sus libros.

Pasó mientras tomaba café. Me deleitaba con tu voz extraviada haciendo eco por los rincones. Ésta me alejaba del dolor punzante de una realidad confinada a 40 metros cuadrados de suerte. Habiendo tanta gente en las calles a la buena de un dios muerto, yo y mi egoísmo buscábamos la forma de entendernos sin que la angustia nos coma en dos bocados. Tendrías que habernos visto: Las ratas caminaban entre nuestros pies y por más que pataleásemos no había forma de evitar el roce con las pieles peludas, los dientes afilados, las colas latigueantes. Por momentos la desesperación nos carcomía pero éramos conscientes de que al final del pasillo había luz. Seguíamos caminando, apretando los dientes, ciegos de fervor. No era momento de tirarse a dormir, de entregarse al cansancio. Había que continuar.

Luego, los momentos se sucedieron como balazos. Corrimos bajo la nieve esperando que haya algo y que no sea todo un invento del sinsentido. Al final nos encontramos bajo los haces de la luna aterciopelada. Lo que creímos imposible fue una brisa refrescante. El desapego. Hallamos en la perseverancia una fogata que nos confinó a un lugar de privilegio, porque era propio del enajenamiento del cuerpo la fortaleza del espíritu.

Quizá no me entiendas, a veces me pongo críptico cuando hablo de lo que se halla al final de la búsqueda. Lo hago para no espoilearte. Pero te prometo que todo esto tiene una lógica última que vale la pena. Todo esto es el sentido.

Ahora sí, andá y date la oportunidad de seguir buscando.

[Interludio Narrativo] 05-03-20

Escuchalo y fijate que pasa al final…

Descansó la mirada al costado, en un punto imaginario entre el tarro de café y el aullante vacío cósimco.

¿Había algo entre escrito y escrito? ¿O era una cuestión de cerrar todo y acurrucarse entre los abrigos del ropero hasta la próxima sesión?

Presionó una pelotita antiestrés que le había regalado un ex-suegro psiquiatra, esperando que surta efecto. Era una descarga poco fiable, casi un efecto placebo chino. Con un movimiento pesado la tiró contra la pared que estaba detrás del escritorio. La pelota rebotó hacia un costado cuando dió con el canto del reloj. Sonrió. Bajó la mirada y empezó a enrollarse un cigarrillo.

¿Y si hubiese algo invisible escuchando mis pensamientos? Un espectador paralelo, por ejemplo.

Reflexionó durante unos segundos con el cigarro a medio armar y continuó con la tarea.

Agarro papel, le pongo un filtro por la izquierda (Siempre lo armaba al revés porque sentía que después era más facil presionar el tabaco a la hora de enrrollarlo que, su contraparte, el filtro), con la mano derecha agarro un montoncito de tabaco y lo tiro encima del papel, apreto el filtro con papel y todo, empujo hacia adelante, le paso la lengua y listo. Dispuesto a la incineración por placer.

¿Cuantas veces lo había hecho ya? ¿Unas 10000? No, más. Fumaba desde muy pequeño… aunque, sin embargo, había empezado a rolar a los 20. ¿Unas 25000?

Desistió de la cuenta cuando sintió la culpa del otro lado de la puerta de entrada y buscó al gato. Los egipcios, hace 3000 años, creían que los gatos eran los guardianes de los muertos en su viaje al inframundo. El inframundo de la culpa. Se regocijó por la asociación. Serviría para otro escrito.

El ropero estaba a unos pasos de la cama, justo detrás de él. Entre las rendijas no había espacio, estaba repleto de ropa suya. Definitivamente esto de estar solo lo estaba ayudando. No entendía cómo pero, aún existiendo esa gente que conocía y con la que a veces se abrazaba después de coger, la percepción de estar solo permanecía. Revisó entre los bolsillos de la conciencia por un poco de autocompasión pero lamentablemente no quedaba. Se iba a tener que conformar con la adusta aceptación berreta de la situación, ese sentimiento desabrido que aparece cuando nos encontramos con la normalidad. Eso era la calma, eso le generaba la calma. Se sintió un idiota esquivando la calma solo porque llevaba peluca y sobretodo.

¿Cuanto pasaría de nuevo hasta el próximo momento manija?

Eran los momentos donde más productivo se sentía. No por una cuestión de que lo sea, si no por mera percepción. Sin embargo, a partir de esos momentos podía poner en rumbo la nave. Ordenaba la casa, editaba los artículos del part-time, iba de compras, arreglaba un caño y saludaba al vecino sin pensar siquiera en ninguna boludez fenomenológica. 100% efectividad, o le devolvemos su impotencia.

Estaba solo y se permitía pensar en la cantidad de cosas con ángulos rectos que ocupaban el campo de visión. Un pensamiento que lo convertía en el alma de la fiesta personal. Amaba los ángulos rectos. Le parecía increíble que la naturaleza haya encontrado una configuración tan sutil como para que exista un hombre que desarrolle herramientas para definir ángulos rectos. Y voilá. La geometría. Los ángulos perfectamente rectos.

Esto de divagar… Qué placer poder pensar en todo y, a la vez, en nada. Dejarse llevar por una linea de pensamientos sospechosamente inconexos. Pero ahí estaba, la linealidad subyacente a la realidad que le da sentido a las narrativas. Absolutamente todo está conectado por pequeñas líneas de intencionalidad. ¡Qué gran descubrimiento! Ahora podría descansar jugando un solitario. ¡Ja! La onironía de nuevo. Al menos tenía un punto. Un punto imaginario entre el tarro de café y el aullante vacío cósmico.