[Doscientos pasos] 18/11/19

¿Sabés qué
es lo peor?
El sabor en la boca.

No puedo evitar sentirte ocupando la cama,
como un ejercito, hambrienta de calor.
Necesitame, te lo pido por favor, necesitame,
desde el infierno de la fiebre, te lo ruego.

¿Puedo recorrerte con mis dedos?
hacer como si nada, marcarte a fuego,
retirar ese océano de escamas despacito,
soplarte los pliegues y los recovecos.

Voy a ser lo más indecente que pueda
y por ahí un poco más, un poquito.
Voy a moldearte como a un jardín con eco
y merendar en tus flores, lo prometo.

Quiero marcar el pulso de tu cuerpo,
una canción con palpitaciones de tu vientre
hasta que te vuelvas loca y así,
hacerme un nido en tu esternón.

Es desde adentro, soy yo también.
Salgo a pasear de vez en cuando:
Camino por ahí, distraído, pensando
dialogo conmigo mismo, vergonzoso, solo.

¿Sabés qué
es lo peor?
Recordar tu sabor.

[La plaga] 17/11/19

Estaba listo. Con la mano me aflojé la corbata y, de un sacudón, saqué la camisa por fuera del pantalón. El terror subió por la garganta presto a convertirse en un grito mientras el tren pasaba derecho por las vías. Grité desde cada poro de mi cuerpo. El ruido envolvió el alarido y lo tapó como una madre a su hijo. Todo el universo se tembló en el mismo instante.

Cansado agité las manos. Sentía las piernas agotadas por el esfuerzo y la espalda quebrada al medio por el rayo del tiempo. Con un dolor que no provenía del mundo material me abracé para que se curen las penas.

Era poesía desparramada. Desalmado.

Entregado al entramado de todos me fui diluyendo entre la gente. Viví el café de la esquina. Sentí la espera del hombre sentado junto al vidrio. Discurrí por la calle entre los autos. Me mezclé entre los peatones como una bruma viva. Acaricié coronillas con el cuerpo disgregado, convirtiendo a los transeúntes en una unidad omnisciente. Fui propiedad del agua de lluvia, del lamento de la viuda, de la fuerza de la organización aleatoria de seres pensantes. Fui academia de lo existente. Me elevé en sonido, grité con todas mis fuerzas por los muertos sociales, por las víctimas del holocausto cotidiano.

Brevemente, con mis manos mojadas de baba y lagrimas, me acomodé el semblante para despedir el momento de libertad. Miré hacia los costados y me encontré solo de mi lado de la estación. Comenzaban a llegar los tristes que quedan del otro lado del molinete justo que el tren se aleja. Del otro lado ese gentío inmenso de gente que no tenía nada que ver conmigo, los inefables que van siempre para el otro lado.

Era cuestión de estirar la mano para sentir la energía en el aire como una vibración de estar en ese lugar. El torrente de emociones que residen en el estómago de uno cuando tiene acidez existencial.

[El diletante] 21-10-19

¿Por dónde empezar?
¿Por la ignorancia del viajero?
¿O por la somnolencia del exilio?

Siendo las 7 de la mañana, Horacio se funde en los dominios del sueño explorando con deseos de encontrar reparo del fuego que cubre la habitación. No es que el fuego no lo asuste, está arrinconado y es cuestión de tiempo. Otra noche de pretenciosas ganas de escribir una historia que de vuelta la página. No hay resultados. En su fuero interno invoca con fuerza la presencia de un plano ideal con superhombres y matafuegos. Le explotan las alas de volar por la ventana como si fuese víctima de polvo de hadas, o así lo imagina. Y duerme.

Se me es imposible no caminar doblado.
Cómo no estar contrariado por tus colmillos
si sonreís con la ligereza del aguanieve.
Etérea, liviana, brillante de luz de luna.

Con qué ligereza nos soportó la baldosa,
cómplice, de los inciertos pasos de baile,
de ese movimiento interno de las mariposas
que se dejaron llevar por golosinas.

Qué bueno haber sido tu micro clima
como una pequeña habitación a cielo abierto
haberme tentado en la búsqueda
de lúdicas cosquillas fugitivas

¡Quedémonos acá! seamos parte del paisaje:
un banco de plaza, los pajaritos, la música.
Porque las palomas nos tiran mensajes
nos dicen de volver, de uno, de la forma de estar.

¡Quedémonos acá! Somos reyes secretos.
Decretemos que el tiempo no pase.
Aunque esta lucha no tenga revancha
Tenemos al viento y al rocío de testigo

El clima se quiebra por la música del despertador. El dentífrico es el producto más artificial que puede encontrar uno al despertarse. Es fresco y metálico. Violento. Horacio se halla en el oscuro reflejo del espejo. El fuego es ceniza y humo que tizna hasta el último centímetro cuadrado de la habitación. En el centro se despide la cama, alejándose ortiba. Cae la noche de nuevo.

[MMI] 16-8-19

Estuve ahí, en los incendios de Nerón. Vi descascararse paredes y rostros, las cosechas arder en un amarillo propio del aliento de Marte y las instituciones implosionar como cuando un niño se pisa los cordones.

Fui presa de la desocupación y la desesperación del momento. No hay nada peor que un inútil desocupado y desesperado. No hay nada peor que un inútil con poder porque las cagadas son grandes.

La gente corriendo a los tiros entre el humo y el sonido de la bestia cobarde rompiendo el cielo. Las lágrimas, por partida doble, porque injusticia y represión; y porque hombre y desamparo.

Yo fui testigo, a mí no me lo contaron, parado en plaza de mayo. Con los ojos inocentes ví cómo el agua de los camiones hidrantes mojaba, muy de a poco, las zuelas agujereadas de las Topper mientras la gente, estruendorosa, pedía que se vayan todos.

[Tratado sobre el olvido] 13-11-19

La vida es eso que transcurre entre olvidos. El otro día olvidé toda mi colección de recuerdos de electrónica elemental. Quise hacer unos arreglos en el techo de casa y me ligué una patada de los cables mal encintados. Al toque caí y volví a mí. Me sentí vivo y potente. Inútil con las manos, pero con espacio para seguir llenando de esto. Fue borrar y sentir cómo se agolpaban en la puerta del lóbulo temporal un sinfín de miércoles de lluvia, de cigarros mal prendidos, de poemas de Borges. Obnubilado y tripero me apoyé en la escalera. Seleccioné con meticulosidad con qué me iba a quedar y descansé hasta que se asentaron esas cosas sin importancia.


Es como si mi cabeza se volviese un terreno fértil para la represión. Muy tarde, cuando me entro a bañar explotado de cansancio, con el vapor aflojando las mucosas de los pulmones, aprovecho para recorrer la memoteca. Son esos momentos que me dedico a mi mismo. Onanismo melanco en su máxima expresión. Es la paja de los hombres malditos de mala memoria. Reviso las estanterías con ojo escrutador. Hago mierda los polvorientos archiveros al mismo tiempo que el agua se escurre entre mis vericuetos. Me ahogo y uso el mínimo esfuerzo de concentración para cerrar la boca y degusto cada vino que probé. Corro como un animal salvaje por los pasillos llevándome puesto cajas de información mal etiquetada. Aprovecho el impulso y juego con la sección de “ver más tarde”; a veces me cruzo con información vital como la forma correcta de hacer unos huevos poché.


No me desanima entender que el sistema no tiene cierre. Que todo es absolutamente prescindible si el momento no lo merece. Que probablemente sea un hoarder de giladas. ¿Para qué quiero saber la nosogenia de la psicosis lacaniana si estoy tratando de arreglar el auto al costado de la ruta? Cuánto me gustaría tener la posibilidad de tener el manual de instrucciones. Todo acomodadito, con el diagrama de giro de un árbol de levas y la forma correcta de medir la luz de válvulas para hacer arrancar esta cosa. Pero no, recuerdo que lo olvidé en pos de “cebar mates con una mano” y la forma correcta de “jugar con una moneda como los magos de hollywood”.


No es que me arrepienta, es que la vida te exige una destreza que no dispongo. Estoy escribiendo esto para no olvidar la reunión de mañana. De dar el salto de fe. De sonreír en los momentos incómodos. Hago malabares de saberes para que todo entre. Para que no sea necesario exprimir los espacios y los llamados.


Cada vez que olvido es un llamado a la realidad. Un parate entre hacer las cosas de forma automática. Cuando olvido estoy más vivo que nunca.
La vida es eso que transcurre entre olvido y olvido, pero es en el olvido donde recuerdo que tengo que vivir.