[Ella no existe] 19-01-20

Escucharlo es menos thrashy… o no.

Es inevitable pensarte al menos una o dos veces por día. Y eso que trato de armarme un cucurucho defensivo alrededor que me haga pensar en otras cosas. Pero siempre encontrás la manera, aunque sea de refilón, para aparecerte un cachito. Se me escapa. Quiero estar disfrutando las cosas y es inevitable sentirte, como la hiedra, tomando centímetro a centímetro el lóbulo temporal. Ahí, bien de mañana, haciéndote la carpita, presente.

¡Fuck! Combustible emocional.

Llega un punto donde pierdo un poco los límites y me tiro de cabeza a creerte cómo son las cosas. Abro todas las puertas y ventanas para que pase la corriente y se lleve todo. Las paredes tiemblan durante un ratito y yo aferradísimo al ancla. Como el último pedacito de tierra firme. Y vos, toda inocente pasas por ahí, surfeando una ola, sin que siquiera te roce la duda. ¡Mentira! pero caigo porque me cabe.

“Qué loable mantener la compostura en este mundo descompuesto” Se me escapa sin razón de ser. Loca, libre, por el campo indómito. Rabioso quedo a la expectativa, pero se te nota en los ojos. Te sobraron sonrisas cuando se cayó el ascensor. Ruedo como un tarro vacío, con ese sonido hueco. Te moriste por abrazarme, me lo dijeron tus pelitos cuando me rozabas. Ninja mental sigilosa. Nunca quise sacar a patadas lo que había. Me salió así, en la soledad berreta de los domingos de ramos de flores.

Sos insaciable de a dos veces por día. Lenta pero intermitente. Al punto que me gustaría no ser una antenita para estas cosas. Típicas de la incomodidad y del enamoramiento repentino. Mi razón perdida, berrinche de locurita. Casi como un meme, qué lindo verte pasar a saludarme, motivo de olvido de todo lo demás.

[Punto de fuga y perspectiva] 12-01-20

También podés escucharlo…

Quizá presa del insomnio o del trastocamiento de las horas de sueño, esa noche había dado tantas vueltas y pensado tantas cosas que el palacio de la memoria se había convertido en un desierto. Había erosionado las capas de la tierra hasta beber la última gota de petróleo. Con las primeras luces del día abrió el bloc de notas:

¿Te das cuenta? La culpa de que esté acá la tienen el punto de fuga y la perspectiva. Me obnubilo demasiado rápido, la pienso mucho y no termino haciendo nada. No me pasa hace varios años.

Pensé que iba a ser más gracioso de contar, pero últimamente me encuentro dudando si debo apretar las teclas, como si de pronto alguien irrumpiera en la casa cuando no estoy para ponerles pequeñas cargas explosivas debajo. De pronto vivo en un mundo de porcelana y tengo que cuidarme de correr por los pasillos, midiendo los codos para no romper un edificio o un florero. De vez en cuando, mientras camino, juego a evitar cerrar los ojos para que tu sonrisa no me sorprenda en la oscuridad, porque instantáneamente busco copiarla sonriendo con los labios gruesos. No es lo mismo claramente. Aunque el más simple esbozo me aliviana la espalda, también me infla y me eleva. Hace que comience a flotar incómodamente por la habitación. Si no fuera por la tormenta de mariposas, me quedaría suspendido ahí, bobo. Pero aprovecho del temblor en las tripas para juntar cinética y me impulso lejos de las ventanas, ya que nadie quiere a los escritores flotando por la ciudad.

Por ahí todo esto te sorprende, pasa que nunca te conté de la fiesta que se arma cuando guiñás un ojo. Una vez tuve que sobornar a un policía que habían mandado los vecinos molestos por no poder dormir. Ni de la cuenta regresiva en las pantallas gigantes de 9 de Julio y Corrientes cuando nos estamos por ver. Tuve que reconocer a la ansiedad como nuevo protocolo predeterminado de activación emocional para esos momentos. Hay movimiento de fuerzas especiales cuando la distancia es inferior a dos metros. De otra manera, mi cuerpo moriría de pánico. Hay situaciones donde es cosa de rozarte el brazo sin querer, para sentir que voy a explotar en un evento de pirogénesis espontánea. El pecho comenzaría a hervir en una crisis homeostática. De cero a cien en un toque. Con la ansiedad transpiro y tiemblo. Dos estados básicos pero funcionales.

Trato de esquivar los manuales de diagnóstico para evitar encontrar mi cara impresa en todas las páginas. Me entretengo con otras cosas más mundanas, como trabajar o respirar mientras miro un cuadro. Si me enganchás en uno de esos momentos no me traigas a la realidad, dejame. Seguro estoy buscando adentro cómo tapar el agujero. Me juego la salud mental a que en alguna parte tiene que haber un triángulo que pase por el círculo de este juego de encastre estructural. Dejame que en algún lado tiene que haber un espejo que me refleje entero.

El resto del día, la fantasía me sirve para la manija y el rush de adrenalina. Leit motiv infranqueable para este tipo de situaciones. Es la falopa que me hace correr sobre el teclado haciendo doble flip flat entre las explosiones. Una flotación controlada en el spa de la intensidad. Hago el checkin por un par de eternidades y me tiro en la colchoneta a que me atiendan las ganas. Introyecto un cigarro atrás de otro, un café atrás de otro, una historia atrás de otra. Soy pura inercia hasta que me revuelca el sueño.

A veces me cuestiono la búsqueda de un resultado positivo. ¿Qué pasa cuando el caballero hace efecto de su acto heroico? Nunca te cuentan esa parte en los cuentos. Nadie te cuenta de cómo vivieron felices por siempre, cómo aguantaron las ausencias producto de otras gestas, el mantenimiento de proyectos en común cuando pensaron de manera diferente, ni cómo llevaron adelante el sorteo de quién lava la ropa. Qué casualidad que el retiro de los escribas medievales sucedía justo el término de la aventura.

Por lo general el mate calma y me baja a la realidad. Para evitar el hastío me pongo a dialogar solo. Me doy ánimos y me abrazo. A veces me digo y desdigo en responsabilidades. Explico detalladamente el sentido de la vida para que estemos los dos de acuerdo en los pasos a seguir. Expongo sobre la mesa los mil y un puntos de vista. Por eso es que te decía: La culpa la tiene la perspectiva y el punto de fuga. Son esos momentos donde el caos nos ordena juntos que me doy cuenta que todo vale madre y que puedo enamorarme. Yo, perspectiva, distancia, Vos, punto de fuga.

[Tratado sobre la normalidad] 07-01-20

“Buscá algo que te conmueva y rompete la cabeza contra eso”

Lo dijo a las 3:42 de la mañana. Me quedé pensando un rato mientras me disponía a hacer el café. El ruido de la puerta anunció que se iba pero que la soledad se quedaba. Nada. Extrañamente nada.

No te das una idea lo difícil que es escribir sobre la normalidad. Sobre lo que pasa todo los días. A ver, no es que no pasen cosas. Es la repetición lo que termina logrando que el aleteo de la mariposa pierda la elocuencia. No hay verdadero silencio en el silencio. Si cerrás los ojos y haces el esfuerzo por desvanecer la naturalización del ambiente, vas a notar que en el silencio se esconde lo acallado. Eternas heladeras haciendo funcionar sus motores, relojes constantemente cediendo al paso del tiempo, pájaros y coches, gente gritando. Es realmente difícil evocar aquello que se olvida bajo la presión de lo cotidiano. Es un estímulo subversivo. No es la pulsión de lo inconsciente, no posee su poética guardaespaldas, ni su estética rígida. No precisa del ejercicio de posicionarse en un rol determinado. La universalidad arranca lo distintivo de la normalidad. Su magia es del orden de lo sutil. Es el detalle en una pintura de sala de espera. No tiene la presencia del amor imposible, ni el heroísmo de lo pretencioso, ni la sabiduría de lo expreso. La normalidad es terciopelo y lija. La normalidad es automática. Es un maniquí de talles especiales. Pasea en transporte público y duerme de estación a estación. Tiene hambre de adoquines y duerme en guías telefónicas. Es la publicidad genérica en las últimas páginas del diario. No goza ni del más mínimo cuestionamiento. Siempre marginal. La normalidad es la almohada vespertina.

La normalidad no conmueve. Es transparente pero avejentada por las motas de piel muerta en el aire. Es reposo, pero no descanso. Es despertarse entre tema y tema para constatar que seguimos estando. Es el beat perverso del momento.

La normalidad no te rompe la cabeza. Es el cuerpo que la sostiene.

[La distancia] 12-12-19

Podes escucharlo también…

Miramos el cielo esperando que cayera la primera gota. Mi foco estaba en la inmensidad pero mi atención se escapaba de reojo. Que estés de pie, a unos metros de mí hacía que todo sea más perverso y más fácil. Recuerdo que sentía que estaba haciendo lo correcto, como si hubiese un factor moral en todo esto. Como si dios existiese y me diese el visto bueno.

Quizá había sido una de las charlas más difíciles que habían tenido en sus vidas. Mirarse a los ojos para darse cuenta que si no imprimían una distancia que los separe podía dejarlos en una situación prácticamente irreversible. Habían proyectado futuros envueltos en condicionales que los ubicaran en el presente. Era probable que no volviesen a verse. Las cosas habían cambiado infinitudes desde que les cayó la ficha de que se llevaban bien pero no lo suficiente. Tenían un reborde de miedo que hacía que la distancia no pareciese tan ancha. Se repelían a fuerza de voluntad, si fuese por los cuerpos se unirían como dos imanes, entrelazando las partículas como si hubiese una matriz suspendida en un punto medio para todas esas partecitas. Ambos entendían que no convenía por ningún lado.

Vos tenías tu pareja, a mi me condenaba la libertad. ¿Sabés lo que es acordarte de que podés hacer lo que vos quieras? ¿Que sos mayor y podes tomar tus propias decisiones? ¿Que en el fondo nada de esto importa, que la sociedad es un constructo y que estamos solos? Estamos solos.

Pasaron unos minutos hasta que la lluvia silenció todo. Realmente se había largado con bronca. A lo lejos se escuchaban las sirenas pero no alcanzaban a interpelar la tensión del breve movimiento que los alejaba. Estaban quietos pero la barra de progreso se iba llenando a medida que las calles se inundaban de nuevo. Ya volvían a ser desconocidos.

Esperábamos el dramatismo del momento, con la lluvia y los truenos, con el agua limpiándonos de todas esas cosas que nos habían lastimado. Necesitábamos de ese momento y juro por los dos que en algún punto no nos creíamos lo definitivo de la decisión. Por lo menos yo negaba rotundamente que las cosas iban a cambiar.

El cielo se encendió en un refucilo y se tensaron los hombros. Estaban quemados del diálogo y la discusión y el diálogo y la rigidez de las mandíbulas. No lo sabían pero en unos meses tendrían espacio para pensarlo. Alguno agarraría el celular y pensaría en mandar un mensaje. Otro le prometería a alguien que dejaría de pensar y actuaría más, bajo los efectos de una botella entera de campari en el organismo. La incertidumbre sostendría esa distancia con la convicción que tienen los ex fumadores para contenerse de prender un pucho en una noche de fiesta.

El rato posterior pareció eterno pero fueron 12 minutos y 36 segundos, los conté. Diste media vuelta y te fuiste. No podría haberlo hecho, tenías que ser vos. Por una milésima de segundo quise llorar, reír y correr a los gritos sin saber que hacer, si saltar del balcón o pedirme un uber para irme bien a la concha de mi madre. Estuve 7 años parado en ese balcón. De vez en cuando miro para adentro y puedo sentir la vista desesperada buscando la lluvia.

[Juicio] 4-12-19

Me desconcentro y dejo de escribir. Separo la vista de la hoja y entro a la página que me recomendó un amigo para ver videos. Recorro con la vista la vidriera. Los videos se me tiran encima, quieren que los lleve conmigo, como un virus.

Son personas con ganas de contar historias. Es la historia de la historia, la necesidad de transmitir, de expresarse. No importa el contenido si entretiene. Se dignifica en el hecho de permitirme transcurrir. El entretenimiento es eso que hace que el tiempo no sea lija. Tenernos en un entre. Entre A y B. Entre que haces algo y otra cosa.

Me llama la atención un disco que envejece bien. Otra forma de decir que antes no me gustaba tanto pero ahora sí. Un eufemismo. Lo políticamente correcto o el mejor disfraz que se pudo alquilar. Mirá cuando toque devolverlo. ¿Con qué cara nos vamos a mirar? Tranqui, no pasa una, la dibujamos. La opresión siempre fue políticamente correcta y nadie dijo nada.

¿Realmente apretarías el botón rojo que haría desaparecer todo? ¿Qué fue del impulso de autoconservación? ¿Existe todavía ese antro? Me retrotraigo. Me traigo. Me llevo conmigo. Me dejo llevar por las cosas que hacen fuerza. Pequeños campos gravitatorios vivos. Yo y mi masa. No puedo no ser yo. Separo la mano del botón.

Nos expresamos contando el cuento, a riesgo de olvidar una dimensión de la persona al momento de representarnos. Somos una muestra gratis para cada persona con la que intercambiamos. Buscamos la profundidad exacta desde donde poder hacer pie. Soy yo cristalizado en un entramado infinito. Sos ese vos que me tocó tocar. Demasiado desparramo de suerte que nos haya tocado esta realidad. Por un momento nos podemos dar el gusto de ser eso que nos gusta. Una isla en el medio del oceano de frívola amusement.

De pronto salta una ventana tapando la mitad del cuento. Otra vez me colgué apretando el “Shift”. Pasaron cuatro horas. Mejor sigo escribiendo mañana, me voy a la cama.