[La fisura] 5-6-19

Se había olvidado de todo. No recordaba nada posterior al que creía último vaso de vino. Se limpió el vomito de la boca y volvió a sumirse en el oscuro vientre del extravío.

***

De entre las sabanas se escapó el celular que cayó de canto al piso. Le importó más bien poco. Tenía la certidumbre que agarrarse de los solitarios pedazos quietos del mundo era lo único en lo que debía preocuparse. Todo daba vueltas. Se sintió sucio. Le dolía la cabeza. Sentía que le temblaban las rodillas.

Con mucho esfuerzo levantó la cabeza de la almohada para tratar, en vano, de ver dónde estaba el reloj despertador que sonaba creyendo que era día laboral. Alguna parte de “abajo” lo había engullido anoche cuando, a tientas, trataba de alcanzar la cama.

Con la mano derecha logró alcanzar al demonio ruidoso. El dedo índice fue el encargado de traer paz a ese mundo tan alborotado. El silencio se sintió tan cómodo como los brazos de Ella.

Yatay lo había atado con alambre en la vereda. De la misma forma que un cartonero arregla el carro cuando se le sale una rueda porque tenía que seguir viaje y la noche era larga. Era Yatay porque no tenía nombre, ni cara, ni profesión, ni número. Era la calle donde la había charlado para compartir las ganas. Puteó para adentro porque estaba solo y no tenía sentido putear para afuera. Estaba solo y no era un Bukowski melanco capaz de bancarse con estoicismo de alcohólico la repugnancia del desastre de persona que estaba hecho.

En el mismísimo momento que apoyó el segundo pié, las ganas volvieron como el peronismo, que siempre encuentra la forma y vuelve. Salió corriendo y se abrazó al inodoro. Las facturas de la fiesta fueron a parar dentro, luego a un caño y luego a un desagüe. Contó hasta 6 y volvió a vomitar. Hacía, fácil, 5 horas que solo tenía vuelto de bilis. ¡Vaya piltrafa, hombre grande!

Si sólo fuese un poco más medido, el dolor de cabeza sería una poesía y un cigarrillo; quizá un mensaje si se encontraba envalentonado… Porque el mundo era de los valientes, decían. Pero no, se había gastado hasta la última chirola de dignidad en los caballos de la noche.

Bajó las persianas con dificultad y se tiró en el sillón a ver llegar las horas. Organizó su mundo interno para usar los motores de reserva y planificó la comida. Nunca había ido a hacer las compras. Le dolió más que los moretones que tenía en los brazos recién descubiertos. Se calentó el café que había preparado la noche anterior, antes de salir.

Fervorizado por el aroma que envolvía la habitación se dispuso a ver si junaba algún recuerdo de anoche:

Te vi. Ojos negros, porque la vida prefirió dejarte ciega a que te sigas lastimando.
Eras la cuna de las emociones que solo se sienten después de las 3 de la mañana.
Hablamos en soliloquio sobre el amor, el ser, el tiempo y esas cosas que me gustan.
Fanfarroneaste sobre tu capacidad de hacer el cuatro con los dos pies y me reí.
No sé, me pareció ocurrente.

Mostré los dientes y las cartas.
Me perdí esos minutos.
Estaba volado de que nos encontremos, justo ahí, con los números en rojo.
Tonteé como un pibe con el bretél y alcanzó para arrancar el fuego.

Rico momento.
Bajo el dintel de la luna, en el reservado de una casa, te di todo lo que tenía.
Te fuiste con las nubes, te llevaste el futuro y quedé loco de ansias.

Me arrastré arrancando baldosas al paso, buscando dónde dejar el alma.
Lo único que encontré fue un par de fisuras que me acompañaron a casa.

[Arriesgar un peón] 21-5-19

Horacio extendió su brazo, tomó con decisión el peón ubicado en B6, a dos casillas del final del tablero y lo movió hacia adelante. En ese movimiento el tiempo se detuvo.

De fondo podía escuchar el sonido de la batalla que la caballería, que le cubría los pasos, mantenía con la infantería enemiga. Desde los costados cortaban el aire las flechas de la defensa del coto de caza. En pocos minutos más estaría frente a las puertas del refugio y podría acabar con esta guerra inútil. Todo por volver a las barracas, a descansar y beber con los sobrevivientes. Confiado avanzó armado de una fierro con filo. Se encontró al alcance de fuego de la custodia del Rey.

No hay nada peor
a que te bajen la persiana,
así, con el corazón en una mano
y un manojo de ilusiones en la otra

Me vuelvo loco, posta, por estar ahí
colgado de la mesita de luz,
idiota, de sueños de ser
al que le decís que sí

No hay dudas.
Me siento más fuerte
me juro, con el pecho resiliente
me dejaste atajando mil mariposas

Qué fuerte que pegó, de canto al suelo,
el subi-baja obsceno de verte bailar
quizá no sea nada todo esto
quizá soy un poco yo

Ausente y febril,
te escribo desde la coyuntura
de las sonrisas negativas. Desde el pasto,
Tirado de coté, masticando brasas. Vomitando orgullo.

Mano a mano, el peón y el rey, con la confianza del caballo a sus espaldas, definiendo la partida en un jaque contra las cuerdas. No vaya a ser cosa que la pierda por bueno.

[Tratado sobre el movimiento] 20-5-19

Durante el descanso, cuando los recuerdos se convierten en pantanos y los rayos de sol sueñan con acariciar la noche, Horacio se sienta frente a la mesa ratona y rememora:

Parecen haber pasado 2000 años de aquella vez que, sentados en la puerta de la heladería con mi abuelo, mirábamos con asombro a un niño más chico jugar en un auto mecánico. De esos juegos que con una ficha se mueven para entretener el helado. El motivo era un conejo manejando un coche con un gran sombrero que prometía un minuto de música, luces y vaivén para el niño que hubiese conseguido a fuerza de mañas un viaje en él.

El movimiento hipnótico junto a la música estridente y la sonrisa del mocoso, retuvieron la atención del viejo hasta que éste me miró con una sonrisa de victoria. La misma sonrisa que hacía cuando se daba cuenta que tenía una historia capaz de entretenerme durante la media hora o cuarenta y pico minutos de paseo. Detrás de la sonrisa había un acuerdo tácito de permitirme/se fantasear que viajaba a otros universos concretos. A veces se limitaba a imaginar que escuchábamos un programa de radio teatro de los 70′ que contaba las peripecias de una familia argentina. a veces simplemente era ser parte de la invención de la rueda o el descubrimiento del fuego, otras tantas me relataba de qué trataba un libro de ciencia ficción, Adams, Bradbury o Asimov. Podría creer que esperaba ansioso esos momentos, pero me mentiría, ya que mi yo de 9 años disfrutaba del don de la sorpresa y del imprevisto, de la inocencia a prueba de balas de pre púber, incapáz de prever ese tipo de salidas.

Mi abuelo volvió la atención al show mecánico y me preguntó si me me gustaba el auto. Le respondí instintivamente que sí aunque no era que realmente me gustase. Era una mezcla entre la forma que el espectáculo histriónico de la máquina captaba mi atención, sumado a la envidia de querer ocupar el lugar de ese niño.

A continuación me dijo que cuando él era pequeño había tenido la posibilidad de conocer antiguos automatones. Me explicó que un automatón era una maquina capaz de robar el movimiento de los seres vivos y expresarlo a través de oscuros y apretados mecanismos que se erguían en su interior. En su niñez había tenido la posibilidad de ver a una paloma de lata volar atada a un hilo y a un niño de madera caminar y sonreír durante unos segundos hasta perecer unos metros más allá del lugar donde su creador le había dado cuerda.

Me contó del método que tenían las personas de antes para maravillarse con las simples imitaciones de complejos movimientos. Cómo las alas sostenían el cuerpo de la paloma en el aire y cómo las articulaciones de la personita chirriaban y largaban transparentes nubes de vapor al moverse rasguñando naturalidad.

***

Horacio se acomoda y piensa, sobre la mesa ratona espera su computadora. Toma un sorbo de café y medita sobre los datos viajando desde una punta del planeta a un recóndito data center en Europa del Este, para luego dispararse en una red de cables de fibra óptica. La Tierra roba y expresa. Es un automatón. Los algoritmos empaquetan información, como en la infancia de su abuelo lo supieron hacer los agentes del correo con las cartas prestas a ser distribuidas. Vírgenes Ceros y Unos, proyectados a hiper velocidad, definiendo el resultado de una búsqueda con asertiva seguridad, eligiendo sin saber, cuál será la publicidad sobre la banner del tope de la página porno. Electricidad alimentando algoritmos que separan líneas argumentales de un libro sintético, tirando de los tendones de un niño suspendido, girando sobre una elipse imaginaria como la paloma, expresando vida.

Reflexiona frente a la mesa ratona. Respira hondo y continua planificando la logística de la imprenta para el próximo día. Se siente un poco oxidado.

[Tratado sobre el veneno] 29-4-19

Padre, he pecado.

He dejado que las olas del pasado me remonten como un barrilete en la tormenta.

He perdido el camino que mis huellas fueron formando con el paso de los años convirtiéndome finalmente en un producto no retornable de la sociedad en la cual formo parte.

En estos últimos días, me he encontrado en la desesperación irrisoria de aquellos que no encuentran su hogar y he decidido naufragar en un mar de impulsos, ofreciéndome bobo a un destino que no es mío, si no de lo del afuera.

He pecado de mil maneras diferentes, irreflexivas, de un tirón como lo hacen los niños que temen caer del borde del mundo. Lo hice para el disfrute del egoísmo, por el placer de ver crecer las flores, de sentir el beso en la mañana, del contacto continuo con lo inalcanzable.

He pecado al ir al trabajo, al quedarme en casa, al discutir sobre la solución, al pedir que me quiten las pastillas, al dudar de la salud de los dioses.

Me encuentro abarrotado de sentimientos, padre. Me hallo ofuscado por el peso sobre los hombros que mis limitaciones cargan al ser humano. Escucho música por las tardes para que la noche me asalte tranquilo con sensaciones que no me corresponden.

Padre, he pecado por los hombres y mujeres que habitan este cuerpo ya que no soy yo cuando la marea sube. No soy nadie.

Peco en este momento al no arrepentirme de lo que cuento, porque en el accionar reside la potencialidad de lo que seré.

Puedo decir con felicidad que lo siento.

[Bienvenida] 23-4-19

Estar ciegos un cachito
esperando que los labios guíen
con los brazos enredados
limando los bordes del cuerpo

Tener la decencia del momento.
Atenerse a la súbita presencia del cierre
para evitar los dedos y el encuadre
de una cadera levemente torcida

Beber del mate de chapa y del reloj,
recordar para reírnos de los ignorantes,
desenojarnos de nosotros mismos,
puede que sea una buena aventura

¡Qué bueno que volviste, Clara!
Hacía tanta extrañeza de futón,
Que me estaba olvidando cómo era…