Quiero escribir el perfume que hace el verano. Te lo juro. Vuelo de fiebre de pensar en mezclar el vuelo del vientito de las 7 de la tarde con la humedad que habita entre la piel y la ropa después de haber estado un buen rato al sol. En la pestañas esos abrojos que se te enganchan a la remera y encima nuestro miles de algodones blancos.
Quiero pintar un cuadro de nosotros contentos, donde la música salga por los bordes de otra manera que no sea un pentagrama. Algo más orgánico, como unos pelitos que se erizan al casi-contacto, como un trueno que anuncia lluvia, esa sensación en los codos que te da cuando te golpeas con el borde de la mesa.
Quiero declarar que estoy loco y que todo esto es un sinsentido llevando una trompeta violeta bajo el brazo. Así rompo en fanfarrias en la cara de los guardias cuando me lleven preso y mueran de risa por el chiste. ¿Quién sería capaz de esconder una trompeta violeta en un smoking alquilado?
Quiero grabar una película donde salga clarito un manto de rocío. Una película que te enseñe a vivir tranquilo de sorbo en sorbo, seca a seca, beso a beso. Donde hay quioscos 24 hs que te venden sueños para comprar a la madrugada y comer con las facturas y un cafecito. Sueños a elección para el que se anime.
Voy a hacer todo eso y un toque más. Voy a tocar los colores. Con solo estirar la mano los voy a convencer de que se vengan a pasear conmigo. Los voy a llevar agarrados de las orejas con caricias de trasnoche, para que sientan lo flashero que es despegarse del piso. Patalearán sobre la oscuridad con sus pequeñas patitas de rayo de luz.
Cuando lo haga voy a gritar tan fuerte que el eco va a quedar atrapado en el vacío, confundido de sí, pensando en lo que dirán los demás. Le voy a explicar al tiempo que crecer es una trampa pero que es inevitable y tiene final feliz. Para que pase, que hay luz, que está abierto.
Se interpreta que con el paso de los años los traductores no hacen más que mejorar sus traducciones de los idiomas en los que se especializan. El entendimiento sobre el cambiante campo de la comunicación se fue afinando lo suficiente como para poder cristalizar determinados usos comunes a favor de un diálogo fluido donde las dos partes pueden disfrutar de las representaciones y las metáforas como si hubiese una verdadera conexión. Nada está más alejado de la realidad que esto. Es de público conocimiento aunque infinitamente negado que la comunicación es un acto netamente ilusorio y que la lengua es un mero acercamiento a un “intento de transmitir una idea”.
Justamente anoche, a eso de las tres y pico, luego de haber intercambiado opiniones con un amigo de manera frustrante, encontré un ejemplo que despertó en mi interlocutor una consigna que me permitió demostrar el punto. Ojo, que no se malinterprete: el acto comunicativo, si bien falso, es pragmático.
Estábamos hablando de libros que habíamos leído hace algunos años y de cómo cambiaron nuestras percepciones al releerlos. Entre flashes de formas de ver las cosas, recordé una frase de Rayuela, a través del personaje Oliveira. En uno de sus soliloquios mentales propone que “En el fondo no hay otherness, apenas la agradable togetherness.” Y lo hace de una forma que ninguna palabra en idioma español se ubicaría en los lugares de “otherness” o “togetherness” ya que no hay una otredad que represente para alguien que vive a miles de kilómetros lo mismo que significa para nosotros ese otro. Como si el tipo encontrase un significado específico atrás de esas letras. Ojo que no lo pienso como una cuestión geografica o topografica. Para mí es una cuestión tropográfica. Para el inglés que se levanta a la mañana en Worcestershire y corre las cortinas preguntándose que será del otro, nada tiene que ver con nuestra cálida y húmeda otredad de tangos, café y telarañas; ni tendrá un equivalente en inglés, al cariño que podemos encontrar en la juntosidad de los domingos en la plaza tomando vino en cartón con los pibes.
Esos lenguajes que buscan su reflejo del otro lado, en su otredad, se mantienen mínimamente distantes como dos raíces que se encuentran, punta con punta, debajo de la tierra sin ser el mismo árbol. Una distancia que por más esfuerzo que impriman los músculos de la lengua, nunca van a encontrar un nivel de significación compartido, único, exacto.
Te escribo desde lo profundo del día. Quería saber cómo estabas. Las cosas desde la otra vez cambiaron bastante.
Por las tardes hay un par de minutos en los que olvido cómo se respira hasta que el pecho se me descomprime en unas ganas dignas de tus escritos. Todavía me pasa que por momentos trato de recordar tus gustos de helado, el nombre de la canción que odiaba que pongas para levantarte o en qué orden se te hacían los agujeritos en el mentón. Hay veces que me freno en seco porque siento la presión en la palma de la mano que me hacías cuando tenías miedo que cruce la calle y me lleve puesto un auto que no existía.
Andá a saber si sigo siendo yo. Leí por ahí que cuando uno conoce a una persona importante hay una parte del self que transmuta en terreno llano para la identificación. Como si lo que se es, se permitiese mashupearse con el otro. Guardarme un poquito de vos para mi. Como si de pronto, mi torso copiase la forma que tenías para pedirme que pare cuando no podías más de la risa, o mí cabeza recordase la forma en que ladeabas la tuya cuando no querías que viese la vergüenza ajena que te daba alguna gilada que estuviese haciendo en ese momento.
A veces me descubro haciendo ese silencio tan característico que tenías para demostrar desaprobación. Ojalá guardase tus palabras. La cadencia que tenías para decirlas. Ni lenta, ni rápida. Justa. La delicadeza del roce que tenían en mis tímpanos. La estridencia para introducirse en el sistema y armar un quilombo de los mil carajos. La forma con que me descolocaban, que parecían brutos sopapos.
¿No es, acaso curiosa, lo metódica que es la ciudad para moverse sin vos? La forma enrevesada de los colectivos para cruzar las avenidas, el entramado de las raíces de los arboles, los cuerpos dóciles, el gris de los edificios, el coceo de los caballos de la montada sobando lomos a palazos, el sol rebotando contra las ventanas en microcentro.
Por otro lado me cuestiono qué fue de lo que había en el lugar de lo que está. ¿Cómo me inundaba de placer antes del maremoto? ¿Era tan expresivo cuando me preguntaba cosas? ¿Sabía tanto del fondo? ¿De lo que había en esos lugares con puertas cerradas a cal y canto? ¿Salía a recorrer el barrio por la sombra, o elegía las veredas angostas?
hay ratos, mientras hago otras cosas, que me pregunto que habrá sido de vos. Reviso el feed de las redes ciego. El dedo gordo no tiene más piedra en los discos de freno. Levanto el tubo del portero eléctrico, evitando el pitido ensordecedor, esperando escuchar que llegás de nuevo a ponerle guirnaldas al futón, a abrir las ventanas y callar el ruido de la heladera. Imagino un mensaje pasando un meme de buenos días que me lleve a pensar en otro meme y en lo lindo que es estar vivo.
Honestamente estoy bien, pero no puedo evitar meterme en mil universos paralelos y ver cómo andan las cosas. A ver si en alguno de esos encuentro refugio que me permitan seguir adelante con la incertidumbre de no saber si nos equivocamos o conviene arriesgar una carta más.
Me pasé la tarde buscando que algo me salve. Caminé por Cabildo esperando la serendipia que me prometió Cohelo y me terminé encontrando, saltando como un niño, de la tierra al cielo de New York. Chorreando grasa de las capitales, transformándolo todo mientras tomaba el agua del río de la plata en un vaso del Mc. Me hundí en las venas abiertas de latinoamérica y volví más fuerte y consciente que nunca. Me permití, por primera vez, temerle a los cuervos que 30.000 veces gritaban al viento por la avenida en la víspera de un día pesado. Como un gato en catnip, me la jugué, porque a veces no hace falta ver para viajar. Era un viejo, con una boina que, de frente a los negocios, tocaba un paso doble a ritmo de guitarra y armónica. Un viejo fuerte, amaestrado por la vida.
— Y no lo pude ver a los ojos ¿Me entendés?. Le dejé la plata en la funda de la guitarra y me fuí.
Me distraje con el celular, pensando en:
Lo que me gustan los fenómenos predecibles
Por qué se le dice “matete” a las cosas densas
Hacer una tutorial del epicureísmo
Que tengo que comprarme zapatillas nuevas
El tiempo
El clima
Teorías conspiranoicas varias
Que esto es una poesía ¿Lo es? ¿Por qué lo es?
Caí como por un tubo, fuí la onironía desparramada sobre la vereda. Mientras la birome volaba de mis dedos en un gesto obtuso le ví salir por los costados dos alas con turbinas. No recuerdo una imagen más clara de surrealismo. Voló por las vidrieras, espantando a los maniquíes, rozando los charcos temerariamente. Planeó sobre los kioscos de diarios y revistas, y en un descenso abrupto noté como rayaba unas cuantas “Caras” pero la “Gente” no se dió cuenta. Atravesó como una flecha la distancia que distanció el ex-beso de unos amantes que esperaban para cruzar la calle. Aún tenían los ojos cerrados. Con un firulete boleteó un anuncio de vinilo de una disquería que promocionaba un recital de una banda independiente que le vuela la cabeza a la juventud. Finalmente, con la densidad de un termómetro se estacó junto a una paloma que comía vaya-uno-a-saber-qué entre las juntas de las baldosas.
Corrí del poltergeist con maneras de escritor sofisticado y amé la libertad a la altura de Nicaragua. Se me ocurrieron un par de esas preguntas que te gustan, las que decís que te hacen pensar:
¿Cómo sabríamos a que hora ir a trabajar si solo existiera la noche? ¿Cuándo dejaríamos de disfrutar del sexo, los juegos, el café y las charlas?
¿Por qué sigo hablando con vos? Si te fuiste hace mil años.
Descubrí que me encanta revolcarme en los parques como un perro. En plaza Armenia me tiré al pasto para ver pasar nubes. El cielo estaba encasquillado de formas. Había corazones con sus respectivas sístoles y diástoles, un Sábato pintando cuadros casi ciego, un gato ronroneando, media pizza de calabresa, falos, algo que no supe distinguir entre un animal de campo y un tomo del diccionario de la real academia española. Todos apostados como si fuese el guernica. Caos maquetado si habrase visto.
Luego hice escala en el almacén de la cuadra del departamento y compré fiambre y un sombrero, porque uno no puede andar por la vida con hambre y nunca viene mal atajarse un poco. Al salir choqué con la rodilla una manzana que rodó hasta la calle y un auto la estalló en semántica. Fue puré de palabras. largas oraciones resbalaron de los troncos de los arboles cercanos hacia el cordón y escribieron por las bocacalles un Martín Fierro.
Perplejo en mi asombro, entré al edificio y llamé al ascensor. Una vez dentro medité sobre el desastre de la cultura y esperé a llegar a mi piso. El pasillo, largo como madrugada de velorio, se mostró afable pero con menos charla. El departamento me embolsó con un nido de caricias y supe que estaba a salvo del mundo. Me prometí un cachito de eternidad y me tiré en el futón.
Hay bordes y vacíos, vocabulario difícil, ganas de entenderse, lecturas de corrido, un hilo escapista, espacios abiertos, puntos y líneas, engranajes y ríos, recompensas enormes, turnos, miel y labios.
Hay miedos y seguridades, lecturas atrasadas, portales, canales e influencias furcios por doquier, flow descarriado, presente, sonidos, sólidos, sentidos, voluntades y volutas, metáforas que no cierran, ventanas para las puertas, y una abstracción acostada.
Hay velas y alquimia, roscas para el desprevenido viernes, sábado y lunes, dos días en la vida, ganas, muchas ganas, gusto salado en boca, falta que hace falta, fondo sin fondo, vacío que te mira curioso, avenidas y góndolas
Hay un eterno rejunte de imágenes, pensamientos que vienen uno atrás del otro, que compiten todo el tiempo por expresarme y definirme de cara al papel. Hacerme entendible en la multitud de posibilidades dispuestas a imprimirme en una poesía.